XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Un sueño, un objetivo
Luciana Micaela Mondalgo, 15 años
Santa Margarita (Lima, Perú)
Margarita se encontraba mirando el techo de su cuarto. Solía hacerlo cuando no podía dormir. Aprovechaba para pensar en su futuro, que deseaba fuese exitoso. Quería ser una reconocida ¿actriz? ¿escritora? ¿pintora?... Fuera lo que fuese, lo resumía en una palabra: artista.
Pretendía tocar los corazones de las personas con su arte, brindar un mensaje, descubrirse ante los demás... Sus ojos se posaron en el escritorio, en donde había unas hojas con diseños y varios cuadernos repletos de ideas acerca de historias que moverían el mundo, así como dibujos con un significado profundo. Margarita era una soñadora, a la que pensar en lo que podría lograr en el futuro le ayudaba a conciliar el sueño.
—¿De verdad te crees capaz de conseguirlo?
Margarita abrió los ojos al despertarle un eco. Se encontraba en una habitación blanca y la superficie reflejaba su cuerpo como si fuera un espejo.
—No necesito que insistas con tus pensamientos negativos. Sé que lo lograré.
La joven no tuvo la necesidad de mirar atrás; sabía que la presencia estaba ahí.
—Pero tú no te atreves a aprovechar las oportunidades. ¿Cómo crees, entonces, que alcanzarás ese éxito? ¿Acaso tienes miedo de que te cierren todas las puertas?
—¡Basta! No sabes lo que dices.
Margarita se dio la vuelta y sus ojos de cruzaron con los otros ojos. Se trataba de una versión joven, libre, pero reprimida de sí misma.
Sus padres le cuestionaban si valía la pena pelear por sus anhelos. Cada vez que les contaba su elección para después de graduarse, ellos la miraban con decepción. ¿Por qué el arte no podía ser su forma de vida?
—¡Sueñas, sueñas y sueñas! ¿No te cansas? Aprende a aceptar que son eso, meros sueños.
Todo empezó a nublarse. La versión de sí misma se hallaba a unos centímetros de distancia. Margarita posó la mirada en su rostro joven y por primera vez se detuvo a leer su expresión. Sus penetrantes ojos transmitían necesidad y acción, como si le gritaran que hiciera algo.
—Hazlo por nosotras, por ti misma.
—Ya me lo has repetido.
Secándose unas lágrimas de inseguridad y decepción, se dio un abrazo. No era Margarita, era Marga: abrazaba a una versión suya a la que no quería defraudar, que quería proteger. Pero, sin darse cuenta, le causaba vacío e inquietud. Los comentarios de terceros habían llegado a invalidar sus deseos. Se encontraba encerrada en una cárcel interna.
—No es fácil.
—No pierdes nada por probarlo.
—¿Y si me dicen que no?
—Lo vuelves a intentar.
—Te atormenta el rechazo, pero no pienses en el futuro sino en el presente, y crea un sueño real. Solo tienes que dar el primer paso en cuanto te despiertes.
La alarma cantaba sin parar.
Margarita abrió los ojos de golpe, saltó de la cama y se dirigió a su escritorio, lleno de hojas amontonadas. Rebuscó entre ellas, hasta que, por fin, encontró su proyecto. Al principio titubeó, pero dio el primer paso.
