XXII Edición
Curso 2025-2026
Todo va a estar bien
Mariana Rodríguez Troncoso, 16 años
Élite Training
Alrededor de las cuatro de la tarde Fátima llegó a su casa. Cerró la puerta y se quedó parada en el recibidor. El apartamento estaba en silencio. Supuso que su pequeña Mica estaría durmiendo. Apenas se había preguntado dónde estaría Rosa María, cuando la robusta mujer apareció por el pasillo.
–Buenas tardes, señora –le saludó alegremente. Llevaba un delantal ajustado a la cintura–. Ya acabé de limpiar su habitación. Todo lo demás está listo también.
Fátima recorrió la estancia con la mirada: se encontraba perfectamente ordenada y limpia, los cojines derechos y las cobijas dobladas.
–¿Y mi niña? –se interesó.
–La acosté hace un par de horas. Me dijo que ya no le dolía la garganta y le tomé la temperatura; le bajó la fiebre.
Fátima sonrió.
–Gracias, Rosa. Eres un ángel.
Rosa María le devolvió la sonrisa. Se había dado cuenta de que su señora traía los hombros caídos y los ojos rojos. Era tal el cansancio y la melancolía que la rodeaba, que la sirvienta se preocupó:
–¿Está usted bien, señora?
Fátima levantó la mirada, saliendo de su corto ensimismamiento.
–Sí, Rosa, estoy muy bien.
Un atisbo de sonrisa bailaba en sus labios mientras rebuscaba en su bolso, del que sacó dos billetes.
–Tenga –se los ofreció–. Por las horas extra.
Intentó ponerlos en las manos de su empleada, pero ella los rechazó.
–¡Qué cosas tiene usted, señora! No, no, nada de eso… Estoy encantada de cuidar a Micaela. Esa niña es una verdadera princesa. ¡Las cosas con las que sale! Si usted la oyera, señora… Antes de dormir me preguntó: «Rosa María, si me duermo ahorita ¿podré volver a soñar lo mismo que anoche? ¡Es que era tan bonito!… Soñé que tenía un precioso caballo blanco… Me gustaría volver a verlo». Y cuando le dije que eso no era posible, ¡cuánto se desilusionó! Luego se me durmió, ¡qué pecadito!… A pesar de la fiebre, no se quejó. Qué juicio de niña tiene usted –sonrió–. Bueno, señora, se hace tarde. Si le parece bien, me voy a casa; mi esposo me espera y tengo que hacerle de cenar.
Se despidieron.
Una vez sola, Fátima se sentó en el sofá. Su mirada vacía reposaba en nada.
Aquella tarde había tenido una cita en el hospital. Había pasado un tiempo desde que le descubrieron un nódulo en el pulmón que, supuestamente, era benigno. Pero cuatro meses después,los médicos le acaban de explicar que el tumor había evolucionado y crecía con velocidad alarmante. Cáncer, posiblemente. Debía iniciar el tratamiento de inmediato.
En el autobús de vuelta intentó leer todas sus órdenes médicas, pero no fue capaz. Las lágrimas le empañaban los ojos. Por más vergüenza que le diera llorar en público, no pudo evitarlo. No lloraba por ella, sino por Mica, que no entendía de enfermedades.
«¿Se quedará sin mamá?», se preguntó con angustia.
Organizó los papeles sobre la mesa, y se dispuso a leerlos, pero fue incapaz de centrar la atención.
«¿Cuándo se despertará Mica? ¿Le habrá dado Rosa María la segunda dosis del medicamento?».
Mientras trataba de recordar en dónde había dejado el termómetro, una vocecita al otro lado del pasillo la sacó de sus cavilaciones.
–¿Mamita?... ¡Mamita! Ya llegaste.
Fátima corrió a un cuarto de puerta rosada y entró. Se encontró a una niña pequeña, muy pequeña, acurrucada en una cama demasiado grande para ella.
La mujer se sentó en la cabecera.
–Hola cielito… –le susurró antes de llenarla de mimos.
Mica, sin resistirse, se acurrucó junto a ella.
–¿Cómo sigues, amor? ¿Te duele algo? ¿Tienes fiebre?”
Mica negó con la cabeza.
–No, mamita; ya estoy bien. Rosa María me dio el jarabe y me dormí un rato.
Sonrió con ternura al escucharla.
–Léeme un cuento, mamita –le pidió, alcanzándole un libro.
Fátima lo abrió.
–Está bien, está bien. ¿Cuál leemos primero?... ¿Qué que tal “Pulgarcito”?
Mientras Fátima entonaba, se divertía con los comentarios y reacciones de su hija. De pronto escucharon un portazo.
–¿Papá? –preguntó Mica.
Fátima asintió con la cabeza y le entregó el libro para que lo leyera por su cuenta. Salió de la habitación.
José estaba donde esperaba encontrarlo, ante la mesa, los ojos absortos en las ordenes médicas. Cuando oyó a Fátima, la miró con ojos vidriosos.
–¿Qué es esto? –le preguntó.
Su esposa guardó silencio. Sabía que el corazón de su esposo se había roto en mil pedazos. Entonces, Fátima rompió a llorar en silencio. Su marido se puso en pie y la envolvió en sus brazos.
–La niña…¡Ay, José! –sollozó–.¿Qué le vamos a decir a Micaela?
José le acariciaba el pelo suavemente.
–Se lo vamos a contar entre los dos, amor –le respondió–. Y ella lo va a entender. Es una niña muy inteligente. Después, tú empezarás el tratamiento.
–¿Que va a pasar, José?
–Todo va a estar bien, amor.
Fátima posó su mano en la mejilla de su esposo y le miró con gratitud. Luego le ofreció una sonrisa burlona.
—Por esta vez, te dejo tener la razón —bromeó, causando que los dos se rieran. Ella se dejó caer en su hombro, suspirando.
—¡Ay…qué hambre tengo! —se quejó.
—¿Hago la cena mientras te das un baño?
—Eres mi héroe –se lo agradeció.
Ambos supieron que la enfermedad no iba a impedir que se siguieran queriendo.