XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Blanca Alcalá-Galiano

Todo por amor

Blanca Alcalá-Galiano, 15 años

Colegio Ayalde (Vizcaya)

«Quizá si mi madre no lo hubiese dado todo, yo no estaría aquí y ella sí».

La maquina captó un breve respiro entrecortado. Entre las paredes de una estrecha sala, un joven sintió como la luz tenue de una bombilla se filtraba a través de sus párpados. Desconcertado, como si hubiese estado sumido bajo una negrura, se cubrió el rostro con los brazos para adaptarse poco a poco a aquella luminosidad.

En la habitación de hospital, el chico se encogía entre las sabanas ante el temor a un dolor invisible, camuflado por los vivos colores de la habitación, aferrado tras las paredes. Como sus piernas no respondían, intentó incorporarse sobre la camilla, presionando el colchón con sus brazos para erguirse. Un leve pinchazo le recorrió el pecho. Trazó el recorrido de una cicatriz –que ya formaba parte de él– con el dedo, en busca de su extremo final. Desistió a causa del dolor y se dejó caer sobre las sábanas.

La brisa se coló por una rejilla, acariciando su rostro con crueldad. Se sentía olvidado en aquella camilla, impotente ante un cuerpo que no respondía a sus órdenes. Buscaba el calor del sol, pero unas cortinas cubrían las ventanas, encerrándolo en aquel cuarto.

Cuando estiró el brazo para alcanzar la mesilla, descubrió una vía conectada a su muñeca. Con un brusco movimiento tiró del tubo para deshacerse de él. Estaba decidido a recoger sus pertrechos y marcharse.

En la mesilla había un sobre algo descuidado, con una mala caligrafía que no le dejaba comprender lo que estaba escrito, salvo su nombre. No esperaba haber recibido una carta, y menos en el hospital.

«Esto solo se le ocurre a mamá», se rio mientras abría el sobre, sin saber aún que fue su manera de despedirse.

Se le apagó la risa. Solo quedó el sonido interrumpido de una maquina.

–No –murmuró con voz insegura–. No – repitió, como si con esa negación pudiera oponerse a una realidad en la que ya no quería vivir–. No –pronunció con un hilo de voz cada vez más roto.

Se llevó las manos al pecho y sintió nuevas punzadas en la cicatriz. Pero no quería dejar que el dolor le abandonase.

El sobre y su contenido se cayeron al suelo. El joven se aborreció por haber logrado entender aquellas palabras.

***

Bajo los escombros de un automóvil, una persona se hallaba inconsciente y otra trataba de reanimarle. Eran hijo y madre.

Empujó el cuerpo de su hijo por el hueco de la ventanilla, antes de que el coche se incendiara por completo. La mujer se presionó la herida de su pierna, en un intento desesperado por cortar la hemorragia. Después se arrastró entre los cristales. El fuego la abrasaba, así que la hemorragia no iba ser su único problema. Una vez sobre el asfalto, tomó su teléfono móvil, marcó un numero y se dejó caer, rendida.

En sus últimos momentos, sobre la camilla del hospital, pidió que le trajeran un sobre, una hoja y un bolígrafo.

Su hijo se despertó dos días después. En la memoria del joven quedó marcado el accidente. La cicatriz que recorría su cuerpo sería el recuerdo, y la ausencia de su madre, una llaga que quizá nunca llegase a curar.

«Todo lo que hizo mi madre por ver a su hijo respirar. Todo lo que le quité, para tenerlo yo. Porque una madre es capaz de darlo todo».