XXII Edición

Curso 2025-2026

Jorge Ayerra

Todo cambia

Jorge Ayerra, 17 años

Colegio Gaztelueta (Vizcaya)

En el campus universitario la rutina mantenía una apariencia de orden estable. Los estudiantes atravesaban la explanada principal a horas previsibles, con trayectorias casi mecánicas. Mateo había adoptado, sin recordar el origen exacto de aquel hábito, la costumbre de sentarse en el mismo banco bajo la sombra de una secuoya. Allí se pasaba el tiempo leyendo.

Solo recordaba con claridad la certeza de que, en algún momento, abrió aquella novela y que, desde entonces, convirtió en costumbre pasar sus páginas junto al árbol. El texto describía a un estudiante de un entorno muy similar: una facultad junto a un río, una explanada de tránsito constante, un banco en el que alguien leía una narración cuya lógica interna se escapaba de toda explicación inmediata. En algunas ocasiones, la narración adquiría en su mente la forma de un reflejo; en otras, la de una advertencia apenas velada. Hablaba de una mujer con la que el protagonista mantenía una relación que no terminaba de definirse. Y Mateo avanzaba por aquellas líneas con una atención creciente.

Un día encontró un fragmento que rompía la estructura del texto. No era narrativo. Estaba escrito así:

“Si has llegado a este punto, querido lector, es porque ocupas el mismo banco”.

Al instante levantó la vista. La explanada continuaba con su trasegar de alumnos y profesores. Sin embargo, las figuras le resultaron reconocibles: un estudiante que cruzaba en la misma franja horaria, una joven que esperaba a alguien junto al río, con una regularidad diaria, un profesor que hablaba por teléfono…

Volvió al libro:

“Todos ellos conocen este texto”.

Experimentó una ligera desorientación. Tras una pausa, continuó con el escrito:

“Lo que cuentan estas páginas no progresa: se reinicia”.

Mateo cerró la novela y sonrió con una tensión leve.

—Es absurdo —murmuró.

Sin embargo, no lograba fijar ningún recuerdo concreto. Eso le resultó aún más inquietante que el contenido del manuscrito, que volvió a abrir.

“Cuando vuelvas a alzar la mirada, descubrirás una presencia que te observa desde la secuoya.”

Dudó un instante. Luego volvió la cabeza. No había nadie. Volvió al texto.

“Lo que acabas de hacer, ya lo has hecho anteriormente”.

Mateo respiró con lentitud antes de realizar un gesto distinto: observó la portada, que hasta entonces le había resultado irrelevante. Presentaba un desgaste que sugería múltiples manipulaciones previas. Dio la vuelta al libro: en la contraportada aparecía una línea que no había leído hasta ese momento:

“Cada lectura sustituye a la anterior”.

Levantó por última vez la vista hacia la explanada. Todo seguía igual. En su interior, por el contrario, algo era novedoso: la certeza de que aquel pasaje estaba concluyendo otra vez.