XXII Edición

Curso 2025-2026

Iker Barris

Señal de STOP

Iker Barris, 15 años

Colegio La Farga (Barcelona)

Juan escuchó un grito provocado por el miedo, que le paralizó el corazón.

—¿Estáis bien? —preguntó.

Miró a través del retrovisor, para comprobar cómo se encontraban. El pequeño Luis abrazaba su conejo de peluche con la misma fuerza que a su padre cuando, de noche, le asaltaba alguna pesadilla. Tina, por su parte, lloraba.

—¡Decidme que estáis bien!

Sus manos temblaban sobre el volante.

La culpa la había tenido un mal ajuste de horarios, un par de copas y una llamada ahogada. Juan, padre de familia, celebraba la llegada del viernes junto a sus compañeros del trabajo en una cena. Entre risas y cierta irresponsabilidad, estos le convencieron para beber más de la cuenta.

–¡Camarero, otra ronda!

Entre críticas e insultos al jefe, un tono repetido de llamada se camufló entre el griterío del restaurante. Era Sofía, su mujer. A causa del ruido de ambiente, apenas fueron capaces de entenderse.

—¿Qué pasa? —le preguntó Juan una vez salió a la calle—. Había mucho jaleo ahí dentro. Dime.

—¿Has recogido a tus hijos? —le preguntó con sequedad. Solo cabía una respuesta y sin rodeos.

–No –le respondió avergonzado–. Ya voy, cariño.

Sofía colgó sin regalarle el habitual «te quiero».

Juan entró en el restaurante, tomó su chaqueta de cuero, se despidió de sus compañeros de copas y se fue. Arrancó el coche con prisa y llegó, en menos de un cuarto de hora, al club de tenis donde le esperaba su hijo sentado en la acera como un perro abandonado. En cuestión de minutos, aparcaron frente a la casa de la señorita Ramírez, que ofrecía clases particulares de matemáticas. Allí recogió a Tina. El ahogamiento que había aplastado a Juan desapareció: ya tenía a los críos y podía estar tranquilo.

Pero empezó una guerra civil en el asiento de atrás. Un conejo de peluche era la razón de aquella disputa. Luis lo agarraba de las orejas y Tina de las patas. Consistió en un tira y afloja, hasta que la pequeña de la casa, al darse cuenta de que las patas se empezaban a descoser, lo soltó, dándole la victoria a su hermano. Luis, con el peluche en las manos, comenzó un ritual de burla que conocían bien: se pellizcó los mofletes, tiró de ellos y le sacó la lengua a Tina. Después, entre risas ácidas, le restregó el conejo por la cara. Tina se puso a llorar.

Desesperado por el alboroto en la parte trasera del coche, Juan se giró abruptamente.

–¡Parad! –les ordenó.

No se había dado cuenta de que acababa de saltarse una señal de STOP.

–¡Cuidado! –le advirtió su hijo.

Un grito seco cargado de miedo llenó el interior del automóvil. El conductor que tenía preferencia miró a Juan atemorizado. Juan supo que no podía frenar; ambos iban a demasiada velocidad.

Luis, a diferencia de su hermana, supuso lo que iba a ocurrirles, así que apretó el peluche con todas sus fuerzas mientras Tina seguía llorando.

El tiempo se detuvo para Juan. Vio unos pájaros inmóviles, a Tina con los párpados cerrados, a su hijo preso de un temblor.

–Lo siento –fue lo único que pudo pronunciar.

Después de la colisión les preguntó:

–¿Estáis bien?

Los observaba a través del retrovisor.

–¡Decidme que estáis bien!

Sus hijos hicieron un gesto de afirmación con la cabeza, y presa de la impresión, Juan rompió a llorar.