XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Ocho minutos
Laura Rubio, 17 años
Colegio Stella Maris la Gavia (Madrid)
Aquella noche reinaba un silencio casi absoluto, pero de pronto que se escuchó un llanto. Asustada, se sentó en el borde de la cama. A pesar de la oscuridad de la habitación, consiguió distinguir su teléfono sobre la mesilla de noche.
Lo cogió con manos temblorosas, contempló la pantalla, escribió deprisa y borró el texto.
Durante un instante se quedó parada, observando la luminosidad del móvil, en la que permanecían abiertos los mensajes de su amigo. Dudó. Necesitaba desahogarse, que alguien la escuchara, dejar de sentir la opresión en el pecho que la impedía respirar con regularidad.
«¿Tienes ocho minutos?», escribió.
Dejó el móvil sobre el colchón, como si de pronto le quemara.
Años atrás se habían hecho una promesa. Todavía recordaba con cariño la primera vez que se lo pidió:
—¿Ocho minutos? ¿Por qué ocho minutos? —le había preguntado él, divertido.
—He leído que cuando algo te preocupa, solo hacen falta ocho minutos de charla con alguien para calmarse.
No había otra explicación. Podrían haber sido tres, cinco o doce minutos, pero ella había leído que eran ocho. No lo investigó. Le gustó ese número.
—De ser así, entonces tengo ocho minutos… o el tiempo que te haga falta —le dijo él sin dudarlo.
Cuando volvió a la realidad, se dio cuenta de que nada era como entonces. Todo había cambiado. Ellos habían cambiado.
Los segundos se le hicieron eternos. El silencio volvió a llenar la habitación, únicamente interrumpido por el rumor de sus respiraciones. El teléfono no vibró; no iba a hacerlo.
Se miró a sí misma. Todavía llevaba el vestido negro que se había puesto para el funeral de quien una vez fue su confidente. Cayó en la cuenta de que ya no tendrían más conversaciones, más abrazos, más risas... Se arrepintió de no haber aprovechado el tiempo que pasó con él. No podía dejar de pensar, de imaginar un montón de finales alternativos para aquella historia.
De forma impulsiva sacó su vieja maleta del armario y compró un billete de avión desde el teléfono. Necesitaba salir de aquel pueblo, y no volver. Todo le recordaba a él. Se estaba ahogando en sus recuerdos.
Salió del pueblo y pasó el tiempo. Demasiado tiempo.
Años después, una mujer regresó al pueblo acompañada de su marido y sus dos hijos.
Visitó la tumba de quien fue en vida tan especial para ella. Un niño rubio de seis años le sujetaba dos dedos de la mano mientras la miraba con curiosidad.
—¿Quién era? —le preguntó al rato de permanecer en silencio.
Ella leía una y otra vez el nombre grabado en la lápida: «Jaime Pérez Santos». Leerlo le desbloqueó un caudal de recuerdos y las lágrimas volvieron a asomarse a sus ojos, pero no las dejó caer. Mientras tanto, el niño miraba alrededor, aburrido, sin saber qué hacer.
No respondió a su pregunta; no podía. Todo se le había presentado de nuevo: su voz, sus risas, las conversaciones interminables… aquel último mensaje sin respuesta.
«¿Tienes ocho minutos?».
Poco después, secándose las lágrimas que todavía mantenía retenidas, se volvió hacia el niño y finalmente le contestó:
—Era… un amigo de mamá.
Tras prometerle un helado, salieron del camposanto y se metieron en el coche. Antes de arrancar, echó una última mirada atrás. La tumba seguía esperándola. Como el mensaje. Como esos ocho minutos que nunca llegaron.
—Lo siento— susurró.
Tras hacerse la promesa de volver, arrancó el coche y pusieron rumbo a casa.
