XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Navidad en los Andes
Lizzy Cisneros, 16 años
Colegio Senara (Madrid)
El Sol todavía dormía detrás de las cordilleras cuando los disparos retumbaron en la distancia, secos como piedras chocando entre sí. Llegaban desde la plaza del pequeño pueblo, escondido en el corazón de los Andes, donde la irrupción de unos hombres armados que abrían las puertas a puntapiés y sembraban miedo sin remordimiento, se había vuelto tan habitual como el frío del amanecer. Eran los años ochenta, y toda la región vivía encogida de terror ante los integrantes de Sendero Luminoso, que en cada visita dejaban un rastro de muerte, silencio y casas vacías. Aun así, la naturaleza seguía su curso: el manto blanco recién caído sobre las montañas anunciaba la llegada de la Navidad.
Kori, una niña de ojos grandes y vivaces, evocaba los tiempos en los que la comunidad se llenaba de vida cuando se aproximaba diciembre: las procesiones recorrían las calles con música de quenas y tambores; hombres y mujeres danzaban con vestimentas bordadas; el aire olía a tanta wawa recién salida del horno, que su vecina le regalaba tibiecita. Esa vecina ya no estaba. Nadie sabía si los hombres armados se la habían llevado o si, desesperada, había escapado a la capital.
La situación era tensa y sombría. Los guerrilleros habían prohibido cualquier celebración cristiana, y corrían rumores de atentados en pueblos cercanos: iglesias incendiadas, imágenes sagradas destruidas, catequistas desaparecidos. Aun así, Kori, movida por la inocencia decidió acercarse a la casa del cura del pueblo.
Tocó la puerta con suavidad:
—Padrecito… ¿Cómo podríamos celebrar el nacimiento de Jesús? Quizás algo chiquito, sin ruido, para que Él no se olvide de nosotros.
El sacerdote la observó con un nudo en la garganta. Quiso explicarle que no era prudente, pero no encontró palabras que no la asustaran.
—Hijita, este año es mejor no arriesgarse —le dijo—. A veces, lo más importante es cuidarnos.
Los ojos de Kori brillaron con una terquedad dulce.
—Solo un pesebrito, padrecito. Jesús también fue un niño. No creo que se enoje si lo recordamos así.
El cura finalmente asintió, vencido por la esperanza de aquella pequeña.
Kori reunió a los pocos niños que quedaban en el pueblo. Unos se encargaron de preparar el lechón, sazonándolo con hierbas locales; otros calentaron agua en ollas para mezclarla con cacao, leche y un toque de canela, es decir, el chocolate caliente que siempre acompañaba la Nochebuena.
Los más pequeños se entusiasmaron con la idea del pesebre. Recolectaron ramas de q’olle y pequeñas piedras del río; usaron paja de ichu para el techo del establo; modelaron las figuras con barro arcilloso... Entre los dedos sucios y las risas tímidas, el pequeño pesebre fue tomando forma, imperfecto y hermoso.
Cuando llegó la noche, la comunidad se reunió en una vivienda. Las paredes de adobe estaban agrietadas y el techo dejaba filtrar algunos soplos helados, pero el interior se iluminó con decenas de velas que retemblaban como estrellas. El cura comenzó la misa en voz baja. Kori, que al principio intentaba concentrarse, sintió cómo su mente se poblaba de escenas que nunca debería haber presenciado: gritos que cortaban la madrugada, puertas derribadas, cuerpos que no volvían a levantarse. Sin embargo, la voz del sacerdote comenzó a hacerse más clara. Kori alcanzó a escuchar pasajes que conocía desde siempre, palabras que hablaban de un Niño que llegó al mundo para traer consuelo. El cura recordó que quien camina en la luz no teme a la noche, que un Salvador nace para el pueblo y que la paz que Él ofrece no se quiebra con la violencia de los hombres.
Kori sintió un temblor en el pecho; por esta vez no era un síntoma de miedo, sino una pequeña claridad que se abría en su interior, un respiro que le permitía mirar más allá del recuerdo de los horrores. Mientras creyera en Él, todo el dolor llegaría a resolverse.
Los presentes, apiñados en aquel cuarto oscuro, sintieron, después de mucho tiempo, el abrigo de la paz.
No hubo música como en otros tiempos, tampoco regalos ni danzas. Solo un silencio cargado de afecto. Kori se sentó junto a sus padres, compartiendo el plato de lechón y el chocolate caliente. La comida no le supo a fiesta sino a compañía, una esperanza que la violencia no podría arrancarles.
El miedo se había quedado fuera de aquella casa. Kori, con las manos calientes alrededor de su taza, pensó que aquella luz interior podría hacer que el futuro no fuera tan oscuro. Y así, entre velas temblorosas e historias murmuradas al oído, la pequeña comunidad celebró una Navidad sin ruido pero llena de vida.
