XXII Edición
Curso 2025-2026
Más que un balón
José María Molina, 17 años
Colegio Mulhacén (Granada)
Hace unos días, mientras jugaba un partido con mis amigos, ocurrió algo que sucede más veces de las que quisiéramos. Íbamos perdiendo, y discutimos por una falta que no parecía clara. Durante unos segundos, el partido dejó de ser divertido. Las voces subieron de tono, aparecieron los reproches y la agarrada. Cada uno defendía su versión como si estuviéramos jugando la final de la Copa del Mundo. Sin embargo, cinco minutos después estábamos riéndonos, tan amigos como siempre
Aquel pequeño partido se parece mucho al fútbol que vemos cada fin de semana y al que veremos en el Mundial. El fútbol tiene una capacidad asombrosa para sacar lo mejor de nosotros, pero también lo peor.
El deporte une personas muy diferentes. En un equipo nadie pregunta de dónde vienes, qué notas sacas o cuáles son tus problemas. Durante noventa minutos todos persiguen el mismo objetivo. Por eso me gusta tanto el fútbol, porque me enseña a confiar en los demás, a levantarme después de perder y a celebrar los éxitos compartidos.
Además, el deporte rey tiene algo cada vez más difícil de encontrar: consigue que nos apartemos de las pantallas durante un rato. Mientras corro detrás de un balón no estoy pendiente de las notificaciones que llegan a mi móvil, ni deslizando videos y más vídeos. Necesitamos más espacios y entretenimientos con experiencias sean reales y no solamente digitales.
Con la llegada del Mundial vuelven esas imágenes que me encantan: familias reunidas frente al televisor, un país entero animando a su selección, los amigos comentando los partidos del día anterior y personas de todos los rincones que comparten una misma pasión. Durante unas semanas, el balón se convierte en un idioma que entiende medio planeta.
Pero sería injusto hablar solo de lo bueno. Como decía, hay cosas que no me gustan del fútbol y del deporte en general. Nunca he entendido por qué algunas personas eligen convertir un partido en una excusa para insultar, pelearse y sembrar odio. Tampoco comprendo que alguien llegue a despreciar a otra persona porque anima a un equipo diferente. Un deporte que nació para competir, no debería terminar dividiéndonos.
Ganar es importante, pero no lo es todo. La agresividad excesiva, las discusiones constantes entre aficionados y jugadores, o los comportamientos violentos empequeñecen el deporte y lo convierten en una versión triste de lo que podría ser.
El fútbol tiene margen para mejorar. Necesita más respeto y menos enfrentamientos; más admiración por el rival y menos odio; más educación deportiva para los jóvenes y mejor ejemplo por parte de quienes tienen millones de personas observándolos. Competir no significa aborrecer al contrario. De hecho, las mejores rivalidades son las que terminan con un apretón de manos.
A mi generación le corresponde cuidarlo. Somos los futuros jugadores, entrenadores, periodistas, árbitros y aficionados. Podemos elegir entre un fútbol que se recuerde por sus peleas o por sus momentos bonitos. Yo tengo clara mi elección.
Cuando este Mundial 2026 empiece y el balón eche a rodar, volveré a sentir la emoción que mana antes de los grandes partidos. Lo que más me interesa no son los goles ni los trofeos (¡que también!), sino que millones de personas, durante unos minutos, compartamos una misma ilusión.
El fútbol es mucho más que veintidós jugadores corriendo detrás de un balón; es una maravillosa forma de encontrarnos, de aprender y de crecer. Y cuando lo consigue, es decir, cuando une en vez de separar, se convierte en uno de los espectáculos más bellos.
