XXII Edición
Curso 2025-2026
La realidad del mundo
Beatriz de Miranda Arrocha, 14 años
Colegio Canigó (Barcelona)
Buscando unos documentos para una actividad del colegio, abrí un armario que casi nunca utilizamos. Entre carpetas viejas, cajas y papeles olvidados encontré un álbum cubierto de polvo. Parecía llevar años allí. Estaba escondido al fondo, como si alguien hubiera querido guardarlo y, con el tiempo, hubiera terminado olvidándolo.
Al principio seguí buscando los documentos que necesitaba, pero mi mirada volvía una y otra vez hacia aquel álbum. Finalmente, la curiosidad pudo más que yo.
Lo abrí.
Las primeras páginas estaban llenas de fotografías antiguas. En algunas aparecía un bebé envuelto en una manta; en otras, una niña soplando las velas de cumpleaños o jugando en un parque. Debajo de cada fotografía había una fecha y alguna frase escrita a mano.
No entendía por qué aquellas imágenes me llamaban tanto la atención hasta que vi un nombre escrito en la primera página.
Era el nombre de mi madre.
Seguí pasando hojas con más interés. Había fotografías de excursiones, fiestas escolares, viajes a la playa y tardes con amigos. En una de ellas aparecía sentada sobre una bicicleta demasiado grande para ella. En otra sonreía con varios compañeros de clase mientras sostenía un helado derretido. Parecía feliz, despreocupada y llena de vida.
Lo que más me sorprendió fue que no veía a mi madre, veía a una niña.
Una niña que tenía sueños, amigos y días buenos y malos. Una niña que seguramente también se enfadaba con sus padres, que tendría miedo antes de algunos exámenes y que pasaría horas imaginando cómo sería su futuro.
Nunca me había parado a pensarlo.
Para mí, mi madre siempre había sido simplemente mi madre.
A medida que avanzaba en el álbum, las fotografías cambiaban. La niña se convirtió en adolescente y después en una joven. Su sonrisa seguía allí, aunque también aparecía una expresión más seria, como si poco a poco fuera descubriendo las responsabilidades que acompañan a hacerse mayor.
En una fotografía encontré una frase escrita con tinta azul:
"Ojalá no olvidar nunca quién soy."
Me quedé observándola durante varios minutos.
No sé por qué, pero aquella frase me hizo pensar.
Quizá todos cambiamos con el tiempo. Vamos creciendo, acumulando obligaciones, preocupaciones y responsabilidades. Sin embargo, en algún lugar sigue existiendo la persona que fuimos.
Cerré el álbum y miré hacia la cocina, donde mi madre preparaba la cena como cualquier otra tarde.
De repente comprendí algo que nunca había entendido.
Antes de ser mi madre había sido una niña como yo.
Había tenido sus propios sueños, sus propios miedos y sus propias aventuras. Y aunque los años hubieran pasado, todas aquellas versiones de ella seguían guardadas entre las páginas de aquel álbum.
Desde ese día, cuando la miro, ya no veo solamente a mi madre.
También veo a la niña de las fotografías.
Y creo que conocer esa parte de ella me ha permitido conocerla un poco mejor.
