XXII Edición

Curso 2025-2026

Marta Martín Aragoneses

La celda invisible

Marta Martín Aragoneses, 15 años

Colegio Stella Maris La Gavia (Madrid)

–María, deja el teléfono de una vez por todas y habla con tu familia. Llevas todo el día fuera de casa y, una vez aquí, apenas nos has dirigido la palabra –me recriminó mi madre por octava vez.

Joé, mamá –le respondí–. Cuando estoy con vosotros me aburro; nunca habláis de nada interesante, solo de temas de adultos.

Mi madre me lanzó una mirada de esas que valen más que mil palabras, así que decidí obedecerla.

Cenamos casi en silencio. Después subí las escaleras y me encerré en mi cuarto, en donde me puse los cascos con la música a todo volumen, como acostumbraba, y me metí en mi mundo hasta bien entrada la noche. Sin darme cuenta, me quedé dormida.

–¿Mamá? –pregunté nada más abrí los ojos.

Aquello no era mi habitación sino un lugar desconocido y oscuro. Salté de la cama, intenté avanzar, pero tras dar un par de pasos me topé con unos barrotes.

«¿Estoy en una cárcel?», me asusté.

Enseguida quité ese pensamiento de mi cabeza, pues apenas tengo quince años, así que busqué algo reconocible. Pero no encontré nada, ni siquiera mi teléfono.

Una figura apareció a lo lejos y fue acercándose. Sostenía un móvil.

–¿Hola? ¡Estoy aquí! –grité pidiéndole ayuda.

El extraño seguía aproximándose a mí, pero su atención estaba fija únicamente en la pantalla.

–¡No me ignores! –le pedí– ¡Ayúdame a salir de aquí!

Se sentó en un butacón que había al otro lado de los barrotes, sin apartar la mirada del maldito aparato.

–¡Ayuda! –insistí, alzando la mano y ondeándola en el aire.

Al fin pareció darse cuenta de mi presencia, pues alzó la cabeza y me escaneó con los ojos de arriba a abajo

–Ya voy –dijo, pero volvió su mirada al aparato.

Esperé confiada en que me abriría la puerta. Sin embargo, pasó el tiempo y nada cambió.

–¿No te has dado cuenta de que sigo aquí? –alcé la voz, molesta.

–¡Ya voy! –repitió.

Un sin fin de veces le llamé y unas tantas me contestó lo mismo. Me sentía frustrada.

–¿Por qué me ignoras?¿Qué hay en ese maldito teléfono más importante que yo?

Entonces lo entendí todo; era lo mismo que mi madre me repetía diariamente: «María, deja el móvil». «Te estás perdiendo muchas cosas». «Haznos un poco de caso».

Ahora todo cobraba sentido.

La celda me había encerrado del mundo exterior, al igual que lo hacía mi teléfono. Había permitido que el móvil me absorbiera y debía arreglarlo.

Cada vez más agobiada, comencé a golpear los barrotes hasta que todo se desvaneció.

–¿María? Cariño… –era mi madre–. Estabas teniendo una pesadilla.

Nunca me había sentido tan aliviada por escuchar su voz.