XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Sofía Valentina Pinargote

La cantante de jazz

Sofía Valentina Pinargote, 14 años

Colegio Altozano (Alicante)

Eran las ocho menos cuarto de la tarde. Desde uno de los camerinos del club de jazz se percibía el rumor de la lluvia y el viento. Faltaban treinta minutos para que Sandra saliese a cantar. No se encontraba nerviosa; al contrario, se mostraba eufórica, a pesar de que los vocalistas invitados tenían una voz extraordinaria.

Una mujer mayor le tocó el hombro para captar su atención. Sandra, enfrascada en sus pensamientos, se sobresaltó.

—Querida –le habló–, deberías prepararte. Sales al escenario en quince minutos.

—Muchas gracias.

—Suerte, guapa. Estoy segura de que esta noche vas a brillar.

La mujer se fue por la puerta abierta y Sandra terminó de prepararse.

Se dirigió al escenario, que tenía el telón echado, respiró hondo con los ojos cerrados y, nada más abrir los párpados, se descubrió bajo la luz directa de los focos ante el público, que estaba sentado en distintas mesas. Buscó con la mirada a su hijo Samuel, quien la aguardaba expectante. Sandra le ofreció una cálida sonrisa.

Nada más apartar la mirada de Samuel, sus ojos se posaron en un rostro familiar. Le costó creer que fuera él, Enrique, un antiguo novio. Había acudido al club sin avisarla, con el propósito de enmendar los errores que había cometido e intentar reconciliarse con ella. A Sandra le corrió por dentro una mezcla de tristeza y furia, pero mantuvo la compostura. Lo miró con frialdad antes de sonreír al resto de los asistentes.

El pianista dio comienzo a la melodía y Sandra empezó a cantar mientras recordaba el tiempo que pasó con Enrique. Pensó que si se hubieran comunicado sus sentimientos con claridad, podrían seguir juntos. Se enfureció al rememorar el día que él la abandonó. Por aquel entonces Sandra estaba embarazada; fue el tiempo en el que más le hubiese necesitado. Lo que de verdad le hizo aborrecer a Enrique fue el descaro que tuvo al robarle sus obras, las que compuso ella y cantaban juntos en los escenarios, mirándose idílicamente el uno al otro mientras una tenue música sonaba de fondo.

Sandra sintió que su voz se iba a quebrar. Las lágrimas amenazaban con brotarle en cualquier instante. Estaba segura de que iba a romper en llanto, hasta que se percató de que había llegado la parte más intensa de la canción. Mientras el piano y el violín sonaban al unísono, expulsó todos sus sentimientos reprimidos. Concluyó con una línea suave después del intenso pasaje.

El público rompió a aplaudir y aclamarla. Ella dirigió su mirada hacia Enrique, que se encontraba estupefacto y le respondió con una sonrisa altiva. Volvió la vista hacia su hijo, cuyos ojos brillaban emocionados. Se echó el telón y los aplausos cesaron.

Un rato después, Sandra agarró fuerte la mano de Samuel y apresuró el paso para abandonar el club. De pronto sintió que alguien la tomaba de la otra mano. Era Enrique, que estaba decidido a arreglar las cosas entre ambos.

Él suplicó que le perdonase. Le juró que no volvería a cometer los mismos errores. Reconoció que estuvo ciego al no valorar la gran mujer que tenía a su lado. Sandra, sin miramiento alguno, le dijo que sus súplicas no iban a cambiar nada. Apartó la mano de forma brusca y salió con su hijo a la calle.

Samuel, testigo de aquella conmoción, decidió preguntarle inocentemente a su madre por la identidad del hombre con quien había discutido. Al alzar la cabeza, descubrió el rostro su madre bañado en lágrimas de rabia.

–Nadie, cariño –le contestó–. Nadie.