XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Juan Pablo Gutiérrez Latorre

El vuelo

Juan Pablo Gutiérrez Latorre, 15 años

Élite Training

Había pasado todo el día pensativo. Una pena que se había extendido desde la aurora hasta el crepúsculo no lo dejaba descansar. Era una carga demasiado pesada para él. Su mirada, hasta entonces alegre y juvenil, se había oscurecido. Sus ojos parecían cubiertos por una densa niebla.

Aquel era el estado en el que se encontraba Rubén. Hasta aquella mañana había sido un muchacho lleno de sueños, como correspondía a su edad, pero el destino le había dado un duro golpe para el que no se sentía capaz de recomponerse.

En la universidad le habían deslumbrado ciertas ideologías materialistas. Era el pensamiento que estaba de moda entre aquellos jóvenes. Sin embargo, bajo la excusa de perseguir ideales deslumbrantes, había perdido la alegría de vivir.

«¡Si encontrara de nuevo la luz!», anhelaba amargamente, sin saber que pronto se le iba a brindar una oportunidad.

Había disfrutado de una infancia feliz, parecida a la de millones de niños: se levantaba temprano para ir a la escuela, llegaba a casa a mitad de la tarde y hacía las tareas pendientes. Después, cuando sus padres llegaban de trabajar, cenaba con ellos, veían juntos la televisión y se acostaba, para recobrar fuerzas para el día siguiente. Pero su vida, que se había deslizado como una barca por un lago en calma, se turbó a causa de la repentina muerte de su madre.

Una vez se quedó solo con su padre, empezaron a crearse tensiones entre ellos. Rubén sentía que en aquel momento crucial de su vida, tras el golpe causado por la ausencia definitiva de un ser tan querido, su padre no lo estaba acompañando como debería, ya que salía muy temprano de la casa para ir al trabajo y no llegaba hasta la noche, por lo que el muchacho pasaba demasiado tiempo solo.

No sabía que su padre buscaba en la oficina llenar el vacío que le había dejado su esposa. Creía que manteniendo la mente ocupada en distintos asuntos laborales, no le vencerían sus pesares.

En cuanto se graduó en secundaria, Rubén se marchó a otra ciudad para comenzar los estudios universitarios.

Esa amalgama de recuerdos se agolpaba en su mente cuando una voz lo sobresaltó para sacarle de su ensimismamiento:

—Joven, por favor, abróchese el cinturón de seguridad.

–Perdone; no estaba atento –se disculpó por no haber escuchado las instrucciones de los asistentes de vuelo.

El avión se dirigía hacia su ciudad natal. Aunque sin muchas ganas, iba a celebrar la Nochebuena con su padre.

Había transcurrido más de media hora desde el despegue cuando un fuerte sonido, acompañado de una sacudida y un gran resplandor, alertó a los pasajeros.

–¡El motor se está incendiando! –escuchó.

Los asistentes intentaron tranquilizar al pasaje, a pesar de que eran conscientes de la gravedad de la situación. Rubén, angustiado, dejó escapar:

—¡Oh Dios, ten misericordia de nosotros!

En ese preciso instante se produjo el cambio, como si se le hubiesen caído unas escamas en el alma, pues Rubén comprendió que había descubierto la alegría de vivir. De pronto, comenzó a llorar desconsoladamente. El pasajero que iba a su lado le preguntó si podía ayudarle.

—No se preocupe –le dijo Rubén con los ojos húmedos y una sincera sonrisa–. Parece que hubiera vuelto a nacer.

–¿Cómo dice?

–Mire, llevaba años ciego por el resentimiento hacia mi familia, sin ver ninguna luz, pero acaba de ocurrir un milagro en mi interior. Así que estas lágrimas son de emoción.

Le narró cómo se había ido desenvolviendo su vida. Cuando terminó, su compañero de viaje le dijo:

–Me he quedado sorprendido por lo que me acabas de contar. También a mí me ha abierto los ojos. Y me ha ayudado a darme cuenta de tantas cosas que no valoro.

La emergencia aérea, aunque fue grave, no tuvo consecuencias gracias a la pericia de los pilotos, que lograron aterrizar la aeronave con éxito.

Apenas Rubén bajó del avión, tomó un taxi para llegar a su casa. Quería abrazar a su padre y pedirle perdón.