XXII Edición
Curso 2025-2026
El traidor
María Vázquez-Dodero, 14 años
Colegio Canigó (Barcelona)
Íñigo estaba intranquilo. No por desconocer el sitio a donde iban –lo que le pasaba con frecuencia cuando acompañaba a su padre– sino por la extraña expresión que este llevaba en el rostro. Don Diego pocas veces mostraba sus emociones. Cualquiera que le conociera lo sabía bien, pero esta vez estaba irreconocible: fruncía el ceño, sujetaba las riendas con muchísima fuerza (parecía que iba a romperlas) y su mirada era una mezcla de ira, confusión, indignación y tristeza.
«Será mejor que no pregunte», pensó el joven. Y no lo hizo. Fue un trayecto silencioso.
Después de cabalgar un buen rato, llegaron a la casa de don Manuel Muñoz, que ambos caballeros habían visitado más de una vez. En el tejado ondeaba la misma bandera que don Diego había visto unas horas antes desde su despacho. Padre e hijo la miraron con desprecio.
–Ahora, escúchame con atención –dijo el primero–. Ahí, como sabes, vive don Manuel.
El chico asintió antes de que su padre prosiguiera:
–Voy a mantener con él una conversación muy importante. Quiero que escuches y aprendas, pero no hables; si tienes dudas, ya me las preguntarás luego. ¿Has comprendido?
–Sí, padre –contestó Íñigo, más intrigado que nunca.
Desmontaron, ataron los caballos y llamaron a la puerta. Les abrió una criada, que les condujo a una habitación espaciosa y oscura. Allí estaba don Manuel, escribiendo en una mesa. Su esposa, doña Leonor, bordaba.
–¡Don Diego! –arrastró la silla al ponerse en pie–. Leonor, déjanos solos –dijo en bajo, y su mujer abandonó el salón por otra puerta–. Cuánto tiempo sin vernos –volvió a saludar a su amigo.
–Demasiado, sin duda –contestó lacónico don Diego.
Íñigo se había quedado esquinado en la penumbra. Ansioso por escucharlos, puso toda su atención en su padre y en las respuestas de don Manuel.
–¿Y qué buena nueva te trae por aquí? –preguntó el dueño de la casa.
–Esa bandera que corona tu casa –le informó don Diego sin preámbulos–. Es la bandera de la traición.
–Diego, no me malinterpretes, por favor… La bandera no es más que una tapadera, un disfraz. Tu sabes perfectamente que, de corazón, apoyo al rey –se excusó.
–Apoyar de corazón no es suficiente –le replicó don Diego–. ¿O es que has olvidado que juraste defender a tu rey y a la patria? Parece que también has olvidado dónde y cómo nos conocimos, así como todo lo que aprendimos juntos.
Don Manuel parecía impactado al escuchar aquellas palabras, pero si don Diego no hubiera sido amigo suyo desde hacía tantos años, quizás no lo habría notado, pues su vecino se esforzaba por mantener la compostura.
Tras unos segundos, comenzó a caminar al tiempo que hablaba:
–Diego, deja que te explique algo que me parece que ignoras. Aquellos años en los que luchamos por el rey fueron buenos tiempos, aprendimos mucho, ganábamos todas las batallas. Pero todo eso pasó. Los franceses nos han vencido, no una sino muchas veces. Debemos aceptar la derrota, amigo.
–Una cosa es aceptar la derrota y otra, muy distinta, rendirse –le respondió don Diego a modo de reproche–. Si el pueblo descubre que los nobles claudicamos, perderá toda la esperanza.
Don Manuel dejó pasar unos segundos de silencio. Ibáñez llegó a pensar que lo había convencido.
–Este caso podría ser una excepción –replicó al fin, irritando aún más a su compañero–. Sé que para nosotros es un trago amargo, pero mejor arrodillarse ante los franceses que hacerlo ante el verdugo.
–Esa es la excusa que utilizáis todos los cobardes de la historia.
–¿Me estás llamando cobarde? –se le enojó la voz.
–No hubiese querido hacerlo, pero sí, te has convertido en un cobarde al disfrazar tu casa y no dar la cara por nuestro rey. Hace tiempo que no eres tú, Manuel. Al menos, el Manuel que conocí.
–Diego, deja que te explique…
–¡Basta de excusas! Veo que no estás dispuesto a morir por lo que amas, por aquello que creías. Temes que te quiten tu título, tu casa, tu dinero…
–¿Qué sería de mi familia si no lo hiciera?
–Todos sabíamos que corríamos ese riesgo, y aun así juramos lealtad al rey. ¿Es que, acaso, no tienes honor?
Don Manuel no contestó. Se mantuvo inmóvil, con la cabeza gacha. Era demasiado orgulloso para reconocer que su amigo tenía razón.
–Jamás debí mediar para que nuestra majestad te premiara con ese título –le dijo don Diego–. Con lo felices que éramos cuando nadie nos conocía...
Aunque don Manuel no podía verlas, por las mejillas de su amigo rodaban unas cuantas lágrimas.
–Antes de irme, escucha aquellas palabras que solías recitar: “Siempre firmes, Diego, junto al rey”. Me hiciste prometerlo y… mira –abrió los brazos–: Resulta que has sido tú quien no las ha cumplido. Buenas tardes, señor Muñoz.
Sin dejar que su amigo le despidiera, salió de la casa seguido por su hijo.
Íñigo jamás olvidó lo que había visto y escuchado aquella tarde: la ira en los ojos de su padre, la fuerza con la que había hablado, las respuestas vacilantes de don Manuel, que habían confirmado su decepcionante cambio, y las lágrimas de don Diego.
–El mundo en el que vivimos desaparece, Íñigo –le dijo sobre su montura–. Debes estar listo para resistir.