XXII Edición

Curso 2025-2026

Gema Aparicio

El sueño de una noche de junio

Gema Aparicio, 18 años

Colegio Altozano (Alicante)

Laura se despertó antes de que sonara la alarma de su teléfono móvil. Con el cuerpo empapado en sudor, permaneció unos segundos inmóvil, intentando recordar su última pesadilla. En su cabeza se entremezclaban imágenes de calles vacías, escaparates oscuros y libros con las hojas en blanco como piezas de un puzle desordenado.

Sin apenas poder abrir los ojos, se puso las gafas de última generación que descansaban sobre la mesilla, y con un leve pensamiento activó la domótica de la casa para que preparase su desayuno: café con leche y tostadas.

Cuando tomaba el último sorbo, recibió un mensaje del CEO (Chief Executive Officer) de su empresa. Siempre le había parecido ridículo aquel empeño de sustituir palabras sencillas por términos ingleses.

«¡Con la riqueza de vocabulario que tiene la lengua castellana, “director ejecutivo” suena mucho mejor que CEO!», pensaba en voz alta mientras se llevaba a la boca el último trozo de pan.

Abrió el mensaje. Una proyección holográfica emergió sobre la mesa. Debía viajar aquella misma tarde a Nueva York para asistir a la presentación de un nuevo sistema de inteligencia artificial desarrollado por su empresa. El vuelo suborbital partiría a primera hora de la tarde.

Sin tiempo que perder, Laura fue al dormitorio a preparar la maleta. Cuando estaba a punto de terminar, dudó unos segundos frente a la estantería. Apenas conservaba libros en papel. Aun así, antes de cada viaje le gustaba comprar algún ejemplar nuevo, abrirlo al azar y notar el tacto del papel en sus dedos.

Al salir a la calle, se sintió como una extraña en su propia ciudad. No había gente apresurada hacia el metro, ni cafeterías repletas de trabajadores somnolientos. Mientras caminaba, sólo escuchaba el crujido de las hojas caídas bajo sus pasos.

Las librerías a las que siempre acudía se encontraban cerradas. Algunas tenían los cristales cubiertos de polvo; otras conservaban todavía letras descoloridas en sus escaparates. Además, los quioscos habían desaparecido. Sintió un leve escalofrío.

Entró en unos grandes almacenes y subió directamente a la primera planta. Se detuvo en seco. Las estanterías, antes repletas de libros, ya no estaban. Su lugar lo ocupaban unas cabinas individuales, con clientes inmóviles y con los ojos ocultos tras unos visores de color negro.

Un robot humanoide se le acercó:

– Buenos días. ¿Puedo ayudarla?

– Sí. Estoy buscando libros.

El robot permaneció unos segundos en silencio.

–Me está pidiendo un objeto no identificado –respondió con una voz casi humana–. Quizá prefiera una de nuestras experiencias narrativas virtuales en cualquiera de estas cabinas. Usted puede ser la protagonista de su propia historia. Las escenas se van sucediendo de acuerdo con sus preferencias y pensamientos –le explicó.

–Quiero un libro de papel porque no quiero ser la protagonista de ninguna historia. Me gusta imaginar las escenas por mí misma. No necesito que ninguna máquina piense en mi lugar –le contestó.

Laura miró de reojo las cápsulas. Ningún cliente hablaba, ni pasaba páginas ni utilizaba la imaginación.

Abandonó el edificio cariacontecida. Durante unos segundos permaneció inmóvil en mitad de la calle. Sin rumbo fijo, comenzó a callejear. Medio escondido entre dos locales vacíos, descubrió un viejo cartel metálico. Se trataba de una tienda de antigüedades.

Entró. El local olía a madera de roble. Una voz amable, desde el fondo, se dirigió a Laura. Era un muchacho de su edad.

–Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?

–Busco un libro.

–Hace tiempo que nadie entra aquí preguntando por ellos –le dijo sorprendido.

– Me voy de viaje y necesito leer, tocar sus páginas, tenerlo entre mis manos.

El chico bajó la mirada.

–Pero, señora, estamos en el año 2050… No hay escritores.

–Eso es imposible.

–Mire; llegó un momento en que nadie distinguía si las palabras brotaban del talento de una persona o del algoritmo de una máquina.

Laura sintió un nudo en la garganta. Sobre el mostrador había un volumen gastado de los cuentos de Emilia Pardo Bazán. Le resultaba familiar. Lo tomó con cuidado.

–¿Puedo llevármelo?

El chico sonrió.

–Claro. Estaba dispuesto a tirarlo, pero no me atreví.

Laura acarició la portada. Era el mismo libro que estudió para la prueba de acceso a la universidad.

Se despidió con una sonrisa. Mientras salía por la puerta, una mano le tocó suavemente la espalda. Pensó que era el anticuario, pero al girarse abrió los ojos. Su madre estaba inclinada junto a la cama.

–¡Laura, despierta! Vas a llegar tarde al examen de Lengua.

Desorientada, miró alrededor. Se había quedado dormida leyendo los cuentos de Emilia Pardo Bazán. El libro permanecía abierto por “El tesoro”.

El estrés del curso le había jugado una mala pasada. Abrazó el libro contra su pecho, y concluyó que existían inteligencias libres, imposibles de programar.