XXII Edición
Curso 2025 - 2026
El quinto dedo
Mateo Nicolás Godoy, 14 años
Liceo del Valle (Guadalajara, México)
Existió un viejo hotel frente a la costa de Acapulco. Aunque su fachada prometía a sus clientes un buen descanso en compañía del mar, en su interior se respiraba un aire pesado, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento de su construcción.
Sandra, maestra de un colegio de la ciudad de Guadalajara, organizó un viaje a la costa junto a cuatro alumnos a los que seleccionó por su excelencia académica, ya que iban a representar al centro escolar en un concurso nacional de oratoria.
–Por otro lado –les explicó cuando les dio a conocer la noticia–, antes dispondréis de tres días para descansar.
Antonio, Luis, Juan y Marco, que habían acudido a su despacho, alzaron los brazos contagiándose la alegría.
–Usted también podrá descansar –le prometió Antonio–, que se lo tiene bien merecido. Acepte nuestra palabra de que nos comportaremos tal como el colegio espera.
Después del vuelo, al llegar al hotel, conocieron a los concursantes de otros rincones de México, con los que disfrutaron de una jornada en la piscina en la que organizaron un torneo de tenis de mesa en el que Marco resultó ganador. El muchacho, después de agradecer las felicitaciones, consultó su reloj y, acto seguido, dejó la pala sobre el tablero.
–Disculpadme –sonrió a los quince compañeros que le aplaudían–. Tengo que acercarme a la habitación para tomarme unas pastillas. Regreso en unos momentos.
–Sufre cefaleas –le susurró Juan a una chica que pertenecía a un liceo de Puebla.
De camino a su cuarto, mientras avanzaba por el largo pasillo que comunicaba la piscina con el rellano de la planta baja, a Marco le sorprendió descubrir una sábana gris que ocultaba un cuadro junto al elevador. Pensó que no podía tratarse de un descuido por parte de los empleados de la limpieza del hotel sino, más bien, de una obra de arte que estaban pronto a inaugurar.
Cuando pulsó el botón de llamada del ascensor, se sintió vencido por la curiosidad. Observó a un lado y a otro para cerciorarse de que no había nadie a la vista. Entonces tomó una punta de la tela y la alzó, para descubrir que se trataba de un retrato al óleo de un payaso profúsamente maquillado: unas bandas blancas rodeaban sus ojos y su boca, así como unos grotescos coloretes le encendían los pómulos. El personaje sonreía con los labios remarcados en un negro intenso y miraba fijamente al espectador. A Marcos le llamó la atención que aquel personaje de aire siniestro llevara la mano izquierda por detrás de la espalda, como si escondiera algo, pues mostraba la derecha con la palma abierta y los cinco dedos extendidos.
«Está muy bien pintado», consideró. «Solo le falta hablar».
Al fin llegó el elevador. Subió a su habitación, tomó las medicinas y regresó. Antes de volver por el pasillo que desembocaba en la piscina, levantó de nuevo la sábana. Entonces sintió un escalofrío, pues el payaso estaba tan bien ejecutado que sus ojos parecieron mirarle con profundidad.
–Qué rápido volviste –le comentó Juan.
Marco intentó bromear con el resto de los concursantes, pero le inquietaba el recuerdo del cuadro, como si aquel patético personaje estuviera observándole desde alguna de las ventanas del hotel.
Esa noche, después de cenar en el comedor, de camino a los dormitorios, Marco volvió a descorrer la tela que ocultaba el cuadro. Para su sorpresa, el payaso tenía solo cuatro dedos extendidos. Aterrado, corrió a su habitación, cerró el pestillo y no salió hasta la mañana siguiente. Les extrañó que Antonio no bajara al desayuno.
Sandra, la maestra, subió a buscarlo. Golpeó la puerta de su habitación, pero no obtuvo respuesta. Al forzar la puerta, lo encontró recostado sobre la cama con la cara horriblemente desfigurada. No había señales de violencia, pero la ventana estaba abierta y el viento movía las cortinas.
Aterrada, bajó a la recepción para pedir ayuda, pero se encontró con que no había nadie detrás del mostrador. Marco sospechó que aquella fatalidad estaba ligada al cuadro. Por eso corrió al ascensor y descubrió que el payaso solo mostraba tres de sus dedos. En ese momento, el cielo se oscureció y comenzó una lluvia torrencial.
–He intentado llamar a Emergencias –le dijo Sandra–, pero las líneas están cortadas.
La luz eléctrica empezó a fallar mientras las calles se inundaban. Luis estaba tan asustado de lo que había ocurrido con Antonio que, antes de que pudieran detenerlo, abrió la puerta del hotel y echó a correr bajo la tormenta. De pronto, un relámpago iluminó el mar y Luis se volatilizó. El payaso solo enseñaba dos dedos.
Por la noche, Marco daba vueltas en su cama.
«Tengo que decírselo, aunque piense que estoy loco».
Despertó a la maestra y la llevó hasta el ascensor. El cuadro parecía palpitar bajo la luz intermitente. Sus colores habían cambiado; el fondo era ahora casi negro. En el rostro del payaso se dibujaba una sonrisa aún más espantosa.
—¡Hay que destruirlo! —dijo Marco.
La maestra encendió un fósforo y lo colocó bajo el lienzo. Las llamas se extendieron rápido, pero el payaso no se consumía sino que el fuego parecía alimentarlo. Marco intentó arrancarlo de la pared, pero cuando fue a tomarlo vio su reflejo en la pintura. Y como el payaso, escondía una mano a la espalda y mostraba los mismos dedos extendidos. Un ruido aparatoso sacudió al hotel.
Al amanecer, el piso superior había ardido, excepto el descansillo del ascensor. En la pared seguía colgado el cuadro, den colores vivos y una figura sonriente: un payaso, que mostraba nuevamente sus cinco dedos.