XXII Edición

Curso 2025-2026

Iker Barris

El pomo dorado

Iker Barris, 15 años

Colegio La Farga (Barcelona)

Aquel pomo dorado volvía a interrumpir el sueño de Jorge. Pasaba tantas tardes sentado delante de la puerta que ya era capaz de dibujarla de memoria. Incluso la incertidumbre de lo que escondía tras ella se le aparecía por las noches en forma de pesadilla, lo que provocaba que, alguna que otra vez, a sus doce años se despertara con la litera mojada.

Hacía menos de dos semanas que habían llegado a la pequeña casa costera del abuelo. Allí se instalaron los hermanos, Jorge y Pablo, uno de doce y el otro de ocho años, para pasar las vacaciones. Siempre que les preguntaban qué opinaban del pueblo, la respuesta era unánime: era un lugar aburrido. En aquella villa de la costa de Valencia no tenían contacto con ningún conocido; es decir, no tenían amigos porque sus habitantes eran mayores que ellos. Además, no tenían familia cerca, salvo el abuelo, porque vivía repartida por la península, y tampoco contaban con sus padres, que aprovechaban esas semanas para irse juntos de viaje. Para colmo, el abuelo, cuando no pasaba las mañanas en el bar con sus amigos, recorría la costa en su bote, con el nombre “Teresa” grabado en la proa, donde seguramente bebía y lloraba.

En el jardín de la casa había un pequeño taller que siempre estaba cerrado con llave. Tras varias preguntas durante las comidas, los hermanos comprendieron que era un lugar prohibido para ellos. De hecho, el viejo gruñón solo les ponía una condición para veranear en aquella casa:

—Como me entere de que abrís la puerta, me enfadaré. ¡Y no queráis verme enfadado! ¿Me habéis oído? Así que jamás cojáis la llave roja.

Un caluroso jueves, el abuelo salió de casa para jugar sus rutinarias partidas de dominó. Jorge se dio cuenta de que, sin querer, les había revelado el color de la llave, que estaba sobre la mesa del comedor.

«¿Aprovecho para abrir la puerta o no?», dudó. «Quizás sea mejor no tentar la suerte».

—Hazlo —le animó Pablo por detrás del sofá.

—¿Cómo?

—No quiero volver a oler tu pis mientras duermo. Además, duermes arriba, así que tampoco quiero goteras.

—Pero prométeme que no les dirás una sola palabra al abuelo.

—Prometido.

Los hermanos se acercaron al taller. El mayor de ellos introdujo la llave en la cerradura. Antes de abrir, inspeccionó la puerta de arriba abajo: la madera oscura, los huecos entre las jambas por los que se colaba la luz del interior cuando allí se encerraba el abuelo, las dos ventanas tapiadas a ambos lados y, por último, el pomo dorado. Jorge giró la llave y empujó.

Se quedaron sin respiración durante unos instantes. Después, Pablo rompió a llorar mientras se arrodillaba. Jorge, a su vez, se mordió el labio para contenerse. Todo estaba lleno de cartas, cientos de ellas sujetas con chinchetas en las paredes y todas firmadas con el mismo nombre: Teresa.

Jorge tomó una al azar. Teresa hablaba, con una letra en azul y redondeada, de un viaje a Segovia.

Una de aquellas cartas destacaba sobre las demás. Estaba en el centro del taller, impecable, sin arrugas ni manchas. Pablo la tomó con cuidado. Al leer la fecha, sintió un golpe en el pecho: “2 de noviembre de 2024”. Se la tendió a su hermano.

Se trataba del día que murió su abuela. En el centro del papel solo había una frase, sin saludo ni firma:

“Cuando navegues por el mar, te toque la brisa y el sol te ilumine, recuerda que te quiero.”