XXII Edición
Curso 2025-2026
El notario y la camarera
Lucía Alonso-Rodríguez, 15 años
Colegio Canigó (Barcelona)
El rótulo impreso en el ventanal de la cafetería le dificultaban ver desde la calle el interior del local, así que dio un par de pasos a la izquierda en busca de un mejor ángulo. Entonces se encontró con la camarera, que iba de mesa en mesa recogiendo la comanda o sirviendo café.
El joven sacudió la cabeza, tratando de deshacerse de los ensueños que lo asaltaban desde hacía unos meses, y en un arrebato irguió la espalda, se colocó bien el abrigo y entró en la cafetería con decisión.
Una campanilla saludó con alegría al futuro notario, que barrió el local con la mirada en busca de un lugar donde acomodarse. Avanzó hasta la barra, se sentó en un taburete alto, apoyó los pies en un aro de metal y comenzó a mover, nervioso, una de sus piernas.
«¿Por qué me pongo así?», se preguntó.
Bien conocía la única razón por la que había entrado en la cafetería: aquella camarera, que en ese momento se le acercaba con una sonrisa.
—¿Qué puedo servirte?
El rubor empezó a escalar por el cuello del joven. Notó como la respiración se le aceleraba y las palabras se le atropellaban antes de salir de su boca.
—Café —pidió con un hilo de voz—. Sí, sí… un café, por favor.
El estudiante se llevó una mano a la cara. En su imaginación, aquella escena se había resuelto mucho mejor. En cambio, apenas había sido capaz de balbucear, como un bebé.
«¡Pero si ni siquiera me gusta el café!», se recriminó.
No sabía que aquella muchacha sonreía mientras accionaba la máquina, al pensar en aquel muchacho inseguro. Tampoco sabía el estudiante que, años más tarde, acabaría por tomarla de la mano bajo la sombra de un naranjo, que hincaría la rodilla sobre la hierba y le pediría matrimonio. Y ella le diría que sí. Desconocían ambos que tendría tres hijas, que dos de ellas heredarían los ojos de la camarera que servía café en un local frente a la facultad de Derecho.
–¿Un poco de leche? –se dirigió de nuevo al universitario, tendiéndole una jarrita.
Su sonrisa, blanca y cálida, se ensanchó cuando el joven se revistió de valor para decirle:
—Me llamo Pedro y quiero ser notario. ¿Y tú?