XXII Edición
Curso 2025-2026
El mapa de la alegría
María José Talavera, 16 años
Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)
Hace unos meses pasé una tarde entera pegada al celular, saltando en mis redes sociales de una "vida perfecta" a otra, sufriendo ese vacío extraño que te queda cuando intentas medir tu propia alegría con la de aquellos que no conoces. Según las redes, la felicidad tiene un manual de instrucciones muy preciso que incluye viajes lujosos, ropa de marca y sonrisas bajo la luz del atardecer. Mientras cerraba las aplicaciones, percibí que venía a salvarme un detalle insignificante: el aroma del café recién hecho por mi mamá, que me llegó desde la cocina, y las risas de mi hermana desde el cuarto de al lado.
Nos venden la felicidad como un evento extraordinario o una meta que alcanzaremos cuando terminemos el colegio y entremos a la universidad. En medio de esta presión que nos indica qué debemos desear, me doy cuenta de que la alegría es silenciosa y sencilla. Nuestros desafíos no son solo elegir una carrera o cumplir los estándares académicos, sino tener la valentía de ignorar esa “necesidad” que nos empuja a buscar la aprobación constante de los demás. La libertad de uno mismo empieza cuando descubrimos qué nos hace vibrar de emoción y nos decidimos a buscarlo (ya sea el silencio antes de empezar un examen, el alivio de una charla honesta con un amigo o la satisfacción de terminar un libro).
En el colegio hablamos entre nosotros de los exámenes de admisión en la universidad y de metas a largo plazo, como si la vida fuera un examen de opción múltiple donde solo hay una respuesta correcta para ser feliz. Nos olvidamos de que la felicidad no es un trofeo que nos espera al final del camino sino el ritmo que elegimos para caminar. Se trata de valorar esas pequeñas cosas de nuestro día a día, como la calidez de una conversación sin apuros, la contemplación de un atardecer de regreso a casa después de un día agotador, o quitarte los zapatos al llegar.
Encontrar aquello que nos hace felices es un acto de rebeldía en un mundo de algoritmos que creen conocernos mejor que nosotros mismos. Detenerse a escuchar nuestros propios deseos es un acto de resistencia, pues nuestra alegría no tiene que ser ruidosa para ser válida: basta que sea nuestra. Cuando elegimos lo que amamos sobre lo que se espera de nosotros, dejamos de ser espectadores de vidas ajenas para convertirnos en protagonistas de nuestra paz.