XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Mariana Rodríguez Troncoso

El brote

Mariana Rodríguez Troncoso, 16 años

Élite Training

Meciéndose al son del viento, solo, en un campo baldío había un árbol que agonizaba. Era el último corazón palpitante en un mundo sin vida. El viento hacía bambolear sus ramas, pero él se mantenía imperturbable, ajeno a sus hojas marchitas y a su madera podrida.

Aquel árbol había brotado en tierra fértil y cálida, y había crecido entre el verdor de la primavera, las brisas veraniegas, el otoño pardo y el invierno. Cuántos amaneceres no habría presenciado aquel roble que hacía un tiempo había comenzado a morir.

Junto a las raíces no había una sola brizna de hierba, y el arroyo del que bebieron no era más que un socavón de polvo. Si fuera posible que los árboles pudieran sentir, a este lo embargaba una profunda melancolía. Añoraba su juventud floreciente, la fuerza de su savia, la belleza intensa de su copa cuajada de follaje, pero ni la grama ni el arroyo, ni siquiera el cielo que antaño fue azul habían conservado su hermosura. A la par, su cubierta leñosa se estaba poniendo gris, como el resto de aquel paisaje.

–Descansa, viejo amigo –le decían los vientos aulladores mientras sus rítmicos latidos se volvían más lentos.

Aunque lo mecían con sus soplidos, él, imperturbable, reconocía que se acercaba su final.

–¿Por qué siento tanto miedo? –pensó.

¡Qué buena vida había sido la suya!... Las ardillas se refugiaron en sus recovecos y los pájaros construyeron sus nidos aprovechando los nudos de las ramas. Disfrutó de ciclo de sus hojas, que cambiaban de color en cada estación. Pero había pasado demasiado tiempo desde que no veía ardillas ni pájaros. Muchos años desde que le brotaron las últimas hojas.

Decidió que no se aferraría a una vida marchita. Después de echar una mirada a su alrededor, aceptó que había llegado la hora de dejarla ir.

–Adiós viento, que me llenaste de frescura. Adiós sol, que me calentaste, y a ti, lluvia, que me regaste para que creciera. Adiós hierba, que recibiste mis bellotas y siempre me hiciste compañía. Adiós aves, que partisteis a otros paisajes en busca de árboles más fuertes y frondosos. Adiós nieve, que me adornaste. Adiós, rocío, que me diste de beber. Adiós, amigos, aunque vosotros os hayáis despedido de mí primero.

Exhaló. El último corazón de aquel mundo sin vida pudo descansar al fin.

Cayó la noche y el silencio se hizo pesado. Por un instante, toda realidad se volvió nada. Hasta que un rítmico latido volvió a hacer eco en el interior de la tierra.

El árbol despertó.

–¿Cuánto tiempo he dormido?

El lugar le resultaba extraño. El suelo, que estuvo seco y cuarteado, era de un brillante esmeralda. Y por primera vez en mucho tiempo, sus raíces bebieron del agua cristalina del arroyo. Hasta el cielo estaba azul, y el canto de los pájaros llenaba de juventud su corazón, que transmitía una savia que dotaba a la madera de un color rojizo.

No sabía que no era el mismo árbol legendario, sino apenas un brote surgido de una de las muchas semillas que produjo.