XXII Edición

Curso 2025-2026

Ariana Fernández Phocco

El amor nos habita

Ariana Fernández Phocco, 16 años

Colegio Santa Margarita (Lima, Perú)

Hay experiencias que valen más que todo el oro del mundo. En mi caso, vuelven cada vez que me encuentro con mis amigos y charlamos y nos reímos hasta que nos duele el estómago. A oídos ajenos, quizá parezca que solo hablamos de tonterías. Sin embargo, siento que junto a ellos todo adquiere una dimensión especial, por eso el tiempo avanza sin apuro mientras me nace la certeza de que no necesito nada más para ser feliz.

Momentos así me han hecho comprender que el cariño está presente en mi vida no como algo extraordinario sino mediante gestos pequeños y concretos. Desde entonces lo reconozco en la vida cotidiana: cuando al terminar clases algún amigo me espera mientras guardo mis cosas; en el autobús, si una persona cede su asiento sin pedir nada a cambio; en el parque, en donde las familias pasean a sus bebés y a sus mascotas. Es un amor discreto, casi silencioso, que no necesita hacerse notar para existir.

Durante mucho tiempo pensé que el amor pertenecía a los libros y a las películas románticas, historias intensas que parecen ajenas a la vida real. Sin embargo, he descubierto que el cariño vive en las personas que realizan acciones presuntamente anodinas: aquel que escucha de verdad o el que cuida de otros sin hacerse notar. Mis padres son el mejor ejemplo que tengo, por su manera de estar siempre presentes, incluso cuando no se lo pido. Ellos me recuerdan que el amor es incondicional.

Aun así, me costó entenderlo, pues se interponía mi carácter. Creo que a muchas personas les sucede algo parecido: somos nuestros peores jueces, los primeros en señalarnos lo que nos falta y en no ver la riqueza que tenemos. Nos cuesta creer que somos merecedores del cariño porque no sabemos brindárnoslo a nosotros mismos.

Sin embargo, ahora sé que me rodea constantemente y que saca lo mejor de mí, aunque también me hace más frágil, porque el amor también duele y nos hace vulnerables, lo que no me exime de buscarlo constantemente para ofrecerlo una y otra vez.

Mi mente vuelve a las personas que más he querido. Todas ellas tienen algo en común: han sabido entregarme su afecto y recibir el que yo les he brindado. Ese amor, entendido como una capacidad para darse a los demás, vive dentro de mí. Si soy capaz de reconocerlo afuera es porque existe en mi interior. Por eso, amar a los demás exige aprender a mirarse con un poco más de misericordia. A tratarnos con la misma comprensión, paciencia y respeto que ofrecemos a aquellos a quienes queremos.

El amor nos rodea y nos habita, pero nos ordena que nos demos a nosotros mismos el cuidado y la estima que entregamos a los demás. Esta es, quizá, una de las formas más profundas de reconocer que amar es nuestra misión y nuestro destino.