XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Donde florecen los recuerdos
Inés Gortázar, 15 años
Colegio Ayalde (Vizcaya)
La señora Elvira era una mujer singular: a pesar de su avanzada edad, se consideraba una niña. No tenía en cuenta que su pelo hacía tiempo había dejado de ser colorido, que las arrugas recorrían su cara y sus huesos se deterioraban lentamente. Pero no habían menguado sus ganas de vivir, el brillo que desprendían sus ojos, la alegría que contagiaba a los demás y su gusto desmedido por el chocolate. De tal modo que, cuando cerraba los párpados, en su cabeza no encontraba el pozo oscuro que afecta a tantos ancianos sino que se extendía una pradera infinita de un verde brillante, donde el tiempo parecía correr más despacio.
En su imaginación el aire olía a fresas y el cielo conservaba una luz perpetua. El campo estaba cubierto de plantas de todos los tamaños y formas, y no crecían al azar: cada una ocupaba su lugar, como si siguiesen un orden concreto e indescrifrable. Lo habían aprendido con los años por ellas mismas. Había rosas blancas y azules, lirios rosas y otras flores de colores aleatorios. Entre todas formaban un arcoíris sobre la hierba, de tonos desordenados. Cada una de ellas representaba un recuerdo de la señora Elvira: una conversación con un desconocido, una tarde especial o un momento concreto que se habían quedado atrapados en aquellas formas vegetales.
Sin embargo, los recuerdos más importantes de la buena mujer no se inmortalizaban en aquellas bellas formas, sino que se alzaban como árboles robustos e imponentes. Eran cerezos, y su savia recogía los momentos que definían el paso por la vida de la anciana, sus valores y propósitos. En el centro de la arboleda había un roble con unas raíces que parecían sostener el suelo, que guardaba aquellas praderas como un protector silencioso y eterno, como un padre.
En aquel lugar vivía un pequeño elfo de alas semejantes a las de una libélula. Disfrutaba de la rutina que transcurría de sol a sol. Aquel pacífico pasar del tiempo recargaba su energía para volar de un lado a otro con una determinación incansable, escuchando a las flores, que le contaban anécdotas de la señora Elvira. Él se encargaba de regar las plantas y podar las ramas secas mientras tarareaba hermosas melodías. Mientras el jardín floreciese, todo tenía sentido para el elfo.
Durante décadas nada cambió. Pero un día el cuidador se percató de que las hojas de una planta habían perdido su brillo. La regó con esmero, confiando en que fuera algo pasajero, pero la alegría perpetua de aquel paisaje fue convirtiéndose en otra emoción que no reconocía, a medida que todas las especies empezaban a sufrir los mismos síntomas. Los pétalos de las flores se marchitaban, después se volvían frágiles y finalmente se deshacían en polvo con el soplo del viento.
El tiempo parecía acelerarse. Las hojas de los cerezos perdían su color como si se hubiesen olvidado de quiénes eran y en qué consistía su función. Poco a poco, los árboles pasaron a ser sombras esqueléticas que no invitaban a acercarse a su abrigo.
El elfo volaba de un lado a otro desesperado. Aunque había redoblando sus fuerzas, el cansancio le vencía. Además, había recuerdos que no conseguía reconocer. Eran hechos sin forma que no encontraban un sitio donde quedarse. El peso de la culpa se instaló en su pecho… ¿Cuál había sido su error?
Desde fuera, la señora Elvira también iba cambiando. Ya no reconocía los rostros familiares ni los nombres tantas veces repetidos. Su memoria se había llenado de lagunas y los recuerdos le aparecían solo durante brevísimos instantes. No conseguía traer a su boca las palabras que siempre habían sido suyas. Su alegría parecía apagarse.
Una tarde calurosa el elfo se apoyó, devastado, en el tronco del roble. Aquel árbol magnífico parecía encogido. Entonces reconoció la verdad: lo que afectaba a aquel lugar de ensueño era una enfermedad que destruía todo poco a poco, y hacía perder la esperanza y la memoria. Aunque la criatura sabía que no podía frenarla, se empeñó en no abandonar su tarea. Siguió regando y podando, y cuando tomaba entre sus dedos las flores enfermas que estaban a punto de desvanecerse, entonaba con fuerza canciones alegres que acompañaban su final.
Estaba convencido de que mientras quedara un solo recuerdo en pie, tendría algo que velar y la pradera se conservaría viva. El elfo, con sus alas cansadas y el corazón fuerte, estaba decidido a velar por la señora Elvira.