XXII Edición
Curso 2025 - 2026
Colores que elegimos
Paula Rogero, 16 años
Colegio Senara (Madrid)
Cristina siempre había pensado que la gente puede ser representada con colores. No era una cuestión que apreciara con los ojos, sino una percepción interior, como el calor suave que sentía cuando pensaba en alguna persona cercana. Escuchó en una clase de psicología que el cerebro asocia emociones, recuerdos y personas con colores y sensaciones. Desde entonces, empezó a apreciarlo con más intensidad.
Ada, su mejor amiga, era un rojo intenso, pues se trataba de una chica impulsiva, enamoradiza, que vivía todo como si fuera la primera vez. Luego estaba Carolina, a la que interpretaba en tonalidades amarillas, como el débil sol del invierno durante un día de nieve. Carolina sonreía de habitual, pues era capaz de encontrar cosas buenas incluso en los días malos. Paola era de un azul oscuro con bordes morados. Reservada, observadora, siempre alerta, lo que Cristina lograba apreciar si observaba a su amiga durante un buen rato. Y, por supuesto, Cristina también se veía a sí misma de un color: el gris, pues no se consideraba ni demasiado valiente ni demasiado cobarde. Ni demasiado feliz ni demasiado triste. Era una mujer de características intermedias. Además, consideraba que el gris era un color seguro, hasta que un día ocurrió algo llamativo.
Fue durante una excursión universitaria por la ruta del Cares, que se encuentra en las cumbres de los Picos de Europa. Todos los que formaban la clase emprendieron la caminata entre risas y conversaciones dispersas. Cuando Cristina y sus amigas, junto a los demás, llevaban andados unos cuantos kilómetros, el cielo se tornó en un cárdeno inquietante. El cambio fue tan rápido, que cuando el profesor quiso reaccionar habían empezado a caer las primeras gotas.
Ante la lluvia repentina, los estudiantes decidieron volver sobre sus pasos. Cristina y sus amigas siguieron al grupo, y a lo lejos observaron que había un lugar de la ruta en el que se aglomeraban muchos excursionistas. Intrigadas, se acercaron para descubrir que debían cruzar un puente estrecho que, azotado por el viento de la tormenta, se balanceaba de forma vertiginosa. Poco a poco, unos y otros fueron pasando, hasta que les llegó el turno a aquellas chicas.
Ada, que era tan roja como valiente, se quedó paralizada ante la pasarela. Carolina, mujer amarilla, dejó de sonreír. Paola, la azul temerosa, después de mirar a ambos lados se sobrepuso al reto, a pesar del ruido de las tablas. Avanzó lentamente, temblorosa, midiendo cada paso, hasta que consiguió llegar al otro lado. Cristina sintió que algo se movía en su interior. La resolución de Paola no encajaba con el color que le había adjudicado.
Ada, con el miedo dibujado en el rostro y la respiración entrecortada, también cruzó. En cambio, Carolina cedió el paso a dos personas antes de reunir el valor suficiente para avanzar. Cuando Cristina también superó la prueba, se dio cuenta de que nadie era de un solo color.
Aquella misma noche, en el hotel, observó su reflejo en la ventana y pensó en todas las veces que había elegido el gris, que no la representaba pero al que se había acostumbrado a sobrellevarlo porque representaba todo aquello que le parecía correcto, aceptable. Entonces recordó una frase que le decía su madre cuando era pequeña: «No elegir, Cristina, también es elegir».
–Cuántas veces he elegido no destacar sobre los demás, no arriesgarme, no mostrar lo que pensaba –se dijo a sí misma–. Poco a poco dejé que el gris fuera una elección, al convertirlo en costumbre.
Durante los siguientes días se fijó con mayor interés en los demás, y percibió que muchos llevaban capas de colores que anhelaban desplegar ante el mundo. Rojo para parecer valientes, amarillo para parecer felices, azul para parecer profundos. Pero las decisiones…
–Las decisiones siempre atraviesan las capas, y gracias a ellas aparece el verdadero color que nos corresponde –concluyó.
A partir de entonces, Cristina dejó de definir a las personas por lo que parecían, y empezó a mirarlas por aquello que elegían cuando nadie las estaba mirando.
«Nuestra personalidad no está solo en lo que sentimos, sino en lo que decidimos hacer con lo que sentimos», dejó escrito en su diario. «A veces, elegir entre el blanco o el negro es tarea fácil. Lo difícil es cuando la vida te ofrece un gris, porque el gris no es un escondite, es un espejo. Y en el momento que eliges un gris demuestras quién eres y cómo eres».
Cristina supo que estaba configurada por sus elecciones. Cada decisión que tomaba, por pequeña que fuera, era una pincelada más de una paleta de colores variadísimos.
