XXII Edición

Curso 2025-2026

Flavia Gutiérrez

Carpe diem

Flavia Gutiérrez, 14 años

Colegio Salcantay (Lima, Perú)

Cuando llegué a Riviera Maya, estaba lista para grabarlo todo. El mar era de color turquesa, las palmeras grandes y verdes, los atardeceres dorados… Todo parecía digno de ser retratado en un post de Instagram o Tik-Tok, así que hice lo mismo que los demás turistas: saqué mi celular a cada rato para tomar uno y mil videos. Hasta que me fijé en algo diferente.

Había una pareja mayor sentada en la arena, cerca del mar. Me llamó la atención que no dedicaran su tiempo a hacer algo singular (salir a bucear en busca de peces manta, atiborrarse a cócteles, dar un paseo en lancha…), como el resto de los visitantes. Parecían conformarse con hablar y reír. Y cuando se quedaban en silencio, miraban el paisaje. Me pareció que eran muy felices uno al lado del otro. Cerca de los ancianos se encontraban unos novios. Ella le pedía a él que le tomara fotos en diferentes poses. Parecía no cansarse de mostrarse a la cámara, como si estuviera decidida a no rendirse hasta que saliera una instantánea perfecta. Así, durante más de diez minutos, buscó y buscó una fotografía con la que conquistar a sus “seguidores”.

Decidí darme un paseo por la orilla. Había muchos bañistas. Aquellos que tenían, más o menos, mi edad, parecían empeñados en grabarlo todo con sus celulares. De hecho, me topé con una norteamericana que entró y salió del mar unas cuantas veces, para después elegir uno solo de sus posados. Debajo de unas sombrillas encontré a un grupo de muchachos. Me sorprendió que no hablaran entre ellos, pues cada cual estaba hipnotizado con su teléfono. Sospeché que estaban editando las imágenes que recién habían sacado. Bien es cierto que me identifiqué con todos ellos. Al fin y al cabo, muchas veces me comporto de la misma manera.

Unas horas después la vi. Era una mujer y estaba en el mar con su hijo pequeño. Él le lanzaba agua con las manos y ella se reía. No tenía el celular en la mano, ya que estaba completamente entregada a ese instante, disfrutando de la compañía de su hijo y de la alegría sencilla que compartían. Cuando salieron del agua y pasaron cerca de mí, descubrí un pequeño tatuaje en la muñeca de la madre. Era una frase en latín: “Carpe diem”.

Aunque había escuchado esa frase cientos de veces, tomó de pronto todo su sentido. No porque estuviera tatuada en su muñeca, sino porque aquella mujer parecía haber hecho de esas palabras una forma de vida. No trataba de convencer a nadie de que estaba pasando un momento especial; estaba entregada por completo a él.

Muchos de nosotros hemos transformado el “aprovecha el momento” por “muéstrale el momento a todo el mundo”, como si vivir cualquier experiencia no fuera real hasta que la compartiéramos con el resto del planeta. Tengo la impresión de que recordamos mejor la manera en que registramos nuestros recuerdos que las emociones que despiertan en nuestro interior.

Sigo tomando fotografías y grabando videos, claro. Sin embargo, de vez en cuando prescindo del celular para contemplar lo que sucede a mi alrededor. Lo hago para asegurarme de que cada experiencia quede grabada no solo en la memoria de mi teléfono, sino también en la mía.