XXII Edición

Curso 2025 - 2026

Mariana Rodríguez Troncoso

Bombas

Mariana Rodríguez Troncoso, 16 años

Elite Training

A pesar del estruendo que retumbaba por toda la casa y del calor abrasador que la envolvía, el niño no desobedeció a su madre.

—Volveré pronto —le había asegurado ella con dulzura–. Recuerda que mientras estés quieto dentro de casa, estarás a salvo. Todo pasará pronto; no tienes por qué tener miedo.

Sin embargo tenía miedo, mucho miedo. Al fin y al cabo, solo era un pequeño que se sujetaba con pavor al colchón de una cama, mientras afuera parecía que se estuviera acabando el mundo.

Casi todas las semanas ocurría lo mismo: el cielo se oscurecía y la casa temblaba bajo los estallidos, que parecían pisadas de gigante. La madre acostaba al niño –que se consolaba abrazando su almohada con fuerza– y salía de la casa, cerrando la puerta a sus espaldas.

Hubo un nuevo estruendo, el quinto desde que comenzó el horrible alboroto. El niño deseó que su madre estuviera allí. Cada vez hacía más calor. Además, surgió un olor a quemado, desagradable, que lo mareaba. Pensó en salir a buscarla. No entendía por qué ella no le permitía dejar la habitación. ¿Es que no se daba cuenta de que no quería estar solo?

La ventana traqueteaba con tal fuerza que se levantó de la cama para descorrer la cortina. Aunque afuera estaba muy oscuro, vio muchas personas, pero ninguna de ellas era su madre. Había hombres altos, con sombreros y casacas rojas, como los que usaba su padre (las suyas eran de color azul). También había hombres altos con casacas azules, pero ninguno de ellos era su padre. Unos y otros gritaban; parecían enojados. El niño no entendía lo que decían. Un resplandor ardiente lo hizo retroceder.

Otro estruendo sacudió la casa. Se agrietó el techo y una lluvia de polvo cayó sobre la cama en la que el niño había vuelto a acurrucarse. Gritaba y gritaba sin moverse. Segundos después vino otro temblor, más fuerte aún, que hizo chirriar las vigas. El niño llamaba a su mamá a gritos, pero fue en vano.

Transcurrió mucho tiempo, no supo cuánto. Se oían gritos afuera, pero nadie entró en la casa. Súbitamente vino el silencio y todo se quedó quieto. Poco a poco menguó el calor. El niño continuó en la cama, abrazado a su almohada. Lloraba.

Víctima del cansancio y las lágrimas, se quedó dormido. Cuando despertó, seguía solo. Su madre no volvió.