Insomnio
Desvelarse es una consecuencia de pasar la barrera de los cincuenta años, o de los cincuenta y cinco, que es mi caso. Aunque no te pese la conciencia (la mía, hasta el momento, está tranquila), hay una noche en la que de pronto se rompe el sueño como una pompa de jabón y se te abren los ojos en medio de la oscuridad. Siento hacer esta advertencia: más pronto que tarde llegará ese instante, que no tiene vuelta atrás.
https://www.eldebate.com/opinion/20251021/insomnio_346603.html
Te has acostado tarde, muy tarde, y tan cansado que al ponerte a leer (tienes la costumbre, viejo, de no apagar la luz hasta que no has pasado unas cuantas páginas) se te cerraban los párpados y hasta soltabas brevísimas cabezadas, lo que auguraba un descanso profundo, reparador y extenso en el tiempo, como el de un bebé. Pero a las cuatro y cuarto, cuando incluso los gatos ya se han acostado, la holganza se interrumpe. Han desaparecido las burbujas efervescentes del agotamiento del día anterior y te cae sobre la cama, como una losa, una pesada sensación de soledad porque sabes que eres el único vigía de la casa.
La mujer que duerme a tu lado respira con suavidad (ellas no roncan, no deberían roncar) como si fuera la princesa guisante después de que un alma caritativa retirara la pequeña legumbre de debajo de su colchón. Los niños, los adolescentes, los jóvenes también duermen en sus habitaciones, y a pierna suelta. Pero tú no, y sabes, además, que el sueño no te lo va a poner fácil. Aunque no se trata de una cuestión de vejiga, visitas unas cuantas veces el cuarto de baño, en donde te tienta recurrir al teléfono móvil, que está prendido a su cargador, y este al enchufe del lavabo. Te resistes. La intensidad del brillo de la pantalla y la catarata de noticias de este mundo que está completamente loco sería el peor de los remedios para tu maldito insomnio.
Te acuerdas de las ovejitas: una, dos, tres… un copioso rebaño que no cabe ni en los corrales de la finca más grande de la difunta duquesa de Alba. «¡No, no!... Que se lleven los balidos». Inmediatamente avanza hacia ti el elefante que se balanceaba sobre la tela de una araña, y como un resorte lanzas los brazos al aire, con las manos bien abiertas, para detener esa cantilena que terminaría por acogotarte y convertiría en una tortura aún mayor las horas que faltan hasta el amanecer.
Evocas los prolongados discursos de Fidel Castro en la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba (¡cómo les gusta a los comunistas sumar adjetivos y sustantivos a todo lo que tiene sello oficial!), y no porque los hayas escuchado, líbreme Dios, sino porque conoces que se impusieron a la gente corriente de la isla, a la que se obligaba a seguirlos sin chistar por cualquiera de los canales de la televisión pública, los únicos que captan las antenas de esa dictadura que capa todo lo que toca. Se vela la imagen del sátrapa barbudo en su verborrea maligna, pero asoma la patita el del chándal tricolor, ya sabes: amarillo azul y rojo, una apropiación de muy mal gusto de la bandera de todos los venezolanos. Sospechas que sus calzoncillos también están confeccionados con esos colores: el amarillo sobre el glúteo derecho, el azulón tapando el glúteo izquierdo y el rojo como cobertura de sálvese la parte.
Asustado, decides recurrir a la literatura, pero corres el riesgo de despertar a tu mujer con el chorro de luz de la lamparita de led que pinzas a la novela. Nada sería peor que desvelarla. Aún queda lejos el grito del despertador, demasiado lejos para que las horas se colmen de reproches. Si eres cuidadoso y manipulas correctamente los brazos de alambre para que el foco se dirija exclusivamente a la página par y a la página impar, podrías pintar la penumbra con todo tipo de paisajes y llenar tu cabeza de personajes de papel a tu medida, que si son malvados por capricho del escritor al menos quedarán aplastados entre las dos cubiertas una vez cierres el libro y lo vuelvas a dejar sobre la mesilla.
Echas de menos la facilidad para quedarte dormido durante siete u ocho horas seguidas. Al menos, algunos sábados y domingos te cabe el recurso de la siesta del carnero, que no radica exclusivamente en doblar el cuello antes de que te llamen para sentarte a la mesa, sino adoptar la personalidad del lirón careto justo después del desayuno. Eso sí que es un regalo: dormir a pierna suelta paladeando el sabor del café y las tostadas, quizá escuchando el canto de los gorriones si tu esposa deja abierta la ventana, porque en ese rato placentero no te molestan los sonidos ni la luz. A lo lejos murmura, en el programa mañanero de la COPE, la voz impulsiva y alegre de una periodista de apellido impronunciable (Schlichting), que a tu mujer tanto la entretiene. Pero cuando rozas el Valhalla en el momento más dulce de tus ensoñaciones, un reproche rompe ese descanso: «¿No pretenderás quedarte todo el día en la cama?». Preso aún de la confusión, consultas tu reloj de muñeca: han sido siete minutos, siete nada más, los que te han aliviado de las horas de insomnio.