De Morante y oro

Los vencejos enmudecen su gozosa algarabía cuando José Antonio Morante de la Puebla abre su capote ante el cuarto toro de la tarde. El sol está cansado de someternos durante tantas horas al fuego de su rabia, y empieza a claudicar. El cielo se va pintando de un azul pavo tirando a malva, el mismo color y parecido tono al del punto de la taleguilla del cigarrero, cuyas lentejuelas de la casaquilla bien cargada han dejado de deslumbrar a los espectadores y fulguran de otra manera, en parpadeos áureos. Y a partir de entonces se desata la locura.

Dicen que José Antonio es el torero más grande de la historia, que por eso los jóvenes, apretándolo como si lo elevaran sobre un racimo bien cargado de uvas, lo sacan en volandas al grito de «¡Torero! ¡Torero!», y lo pasean por las calles como si fuera un santo, y le obligan a asomarse a la habitación del hotel una vez han detenido el tráfico –las calles cuajadas de una adolescencia enfebrecida de morantismo– a la única voz de «¡José Antonio… Morante de la Puebla!», y el artista, que es tímido una vez ha dejado atrás la circunferencia del ruedo, se asoma por la ventana, sale al balcón, duchado y resguardado con un elegante batín de seda, como los diestros en blanco y negro, porque nadie se imagina a Gallito presentándose en público en albornoz, ni a Manolete con la toalla enrollada en la cintura. «¡José Antonio… Morante de la Puebla!», claman, y el artista sublime les envía una bendición con aire pontifical que no es una burla a los católicos, ni mucho menos, sino una confirmación de que Dios rozó cada una de las suertes que interpretó un ratito antes, al asombro de los vencejos mudos.

Dicen que es el más grande de la historia. Sin embargo, no creo que a Morante de la Puebla le guste esa supuesta verdad de fe, porque en el arte del toreo no hay mejores (peores, me temo que sí), ya que la belleza no se mide, no se pesa, no se compara sino que se recibe en el tendido como el golpe gozoso e inmerecido de una ola blanca, ajena a los números cardinales, al orden lógico que conviene aplicar a cualquier otra realidad humana. El toreo supera lo mensurable porque prende llamas hasta en el corazón del espectador insensible, aquel que ocupa una localidad no sabe bien por qué (quizás pasaba por ahí, quizás alguien le invitó a un espectáculo que, de primeras, no le interesaba o vaya usted a saber, que por las plazas vemos a todo tipo de gente, alguna muy extraña, incluso pulpos y elefantes en los que la taumaturgia de Morante obra el milagro de una conversión cegadora).

Morante no torea mal, bien ni regular. Lo suyo se eleva sobre cualquier adjetivo. En todo caso, torea con el corazón, con el cerebro, con la barbilla, con el pecho, los brazos, las muñecas y las yemas de los dedos, con su torso abultado, con las piernas unas veces robustas como columnas y otras veces aladas, con los pies hora asentados en el albero, otrora elevados en el éxtasis de un movimiento grácil, porque hay que ver cómo torea el coleta en movimiento, cómo embarca y suelta al burel mientras avanza por el platillo en un andar rítmico, desde las tablas a la boca de riego, como si platicara aquella vieja conversación de Lagartijo, que Belmonte adaptó para explicar los tres tiempos del pase de muleta: «El torero le dice al toro: ¿Cómo está usted? (momento del cite), Encantado de conocerlo (cuando tira de él), Usted lo pase bien (cuando lo despide antes de esperarlo en un nuevo muletazo)», todo ello aplicado al ritmo de las mareas.

Poco sabemos de la vida íntima de José Antonio, y poco nos interesa. Es Morante de la Puebla, solo Morante de la Puebla, el que subyuga nuestra atención. Porque si José Antonio es un hombre, un ciudadano más, peculiar, sí, flamenco, también, callado y estrafalario en ocasiones, Morante de la Puebla es torero, solo torero, un torero que respira como torero, que huele a torero, que graba su sombra de torero en la arena. Un torero que se presentó a recoger el premio Nacional de Tauromaquia ataviado con chaquetilla de terciopelo, embellecida con pañuelitos de encaje y abotonadura de plata, calzona negra, botos relucientes, sombrero de ala ancha y copa alta, y un bastoncito labrado y con cabezal de bronce, como cetro de monarca egipciano. Así reverenció a los Reyes con sus anchas patillas y el cabello de obsidiana, con la apostura de su media verónica a pies juntos.

Morante de la Puebla no es Joselito reencarnado. Eso son tonterías. Morante es un diestro de su siglo enraizado en los siglos anteriores, porque se ha bebido todas las esencias, de Martincho a Costillares, de Pepe-Hillo a Gordito, de Lagartijo a Guerrita, de Fuentes al Gallo, de Gaona a Belmonte, de Chicuelo a Gitanillo, de Cagancho a Victoriano de la Serna, de Pepe Luis a Bienvenida… y así, en cadena, hasta que esto se acabe, si es que se acaba.

Los vencejos vuelven a chillar cuando el toro empieza a caer de un espadazo, arrodillado ante la presencia mitológica de un hombre transfigurado en Morante y oro.