Como es costumbre en mí, también durante la lectura de esta novela de Miguel Aranguren (1970) he ido tomando multitud de notas. Pero no voy a hacer ningún uso de ellas. Como lo leen. ¿La razón? Muy sencilla. Me ha gustado tanto La sangre del pelícano, que es como ha titulado el autor su última novela, que quiero escribir libre de trabas. Quiero escribir para el lector una reseña donde prime la sincera emoción que he experimentado con este gran libro. Y quiero hacerlo de un tirón. De la misma manera que lo he leído.
Lo primero. No dejen que las palabras bestseller o thriller puedan hacerles pensar que nos encontramos ante un libro más de los muchísimos que se publican con el Vaticano de por medio. La mercadotecnia parece que hace necesarias estas cosas, pero La sangre del pelícano es una novela literariamente a tener en cuenta. Y eso lo percibe el lector muy pronto. Como percibe la inteligencia de Aranguren a la hora de afrontar la trama. Inteligencia e intrepidez, desde luego.
Según iba avanzando en mi lectura me venían a la cabeza las novelas de Morris West. Sobre todo Los bufones de Dios (Plaza y Janés). También pensaba en el Padre Brown, el fascinante personaje de Chesterton. O en Bernanos. Pero lo que se iba haciendo evidente era que Aranguren estaba contándome una historia de carácter sobrenatural -¡pásmense!- donde Dios es Dios y no esa especie de ridículo entramado esotérico que nos quieren hacer ver algunos. El bien y el mal trenzan una intriga que, salvando los necesarios elementos de ficción, es la que se mueve a nuestro alrededor. Estamos, señores míos, asistiendo al suspense de nuestra propia alma.
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Tras los sagaces pasos del policía Luigi Monticone y el sacerdote Albertino Guiotta, el lector se implica directamente. Satanás actúa. Y es un hecho que desea la perdición de las almas y la destrucción de la Iglesia. Pero en esta trama la perspicacia policial debe necesariamente contar con la fe para desbaratar los pérfidos propósitos del maligno, que se sirve de falsos profetas, brujas y demás sicarios de la magia negra. Aranguren, con un respetuoso tratamiento de lo sagrado y de la ortodoxia católica, ha conseguido volver del revés tanta estupidez como se escribe sobre la Iglesia. Con una gran coherencia narrativa, con un estilo vivaz y muy cuidado. Es posible escribir una buena novela desde el respeto. Sólo hace falta talento literario e imaginación. E información. La sangre del pelícano es la prueba palpable. No se la pueden perder. En mi vida habia leído una novela tan sugerente, tan trepidante e inteligente. No se puede comparar con ninguna otra.
Pienso que Monticone y Guiotta son dos personajes que pueden dar más juego al escritor. Otros casos, otras aventuras. Sus lectores ya lo estamos deseando.
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