La música de la ardilla

Ministerio de Educación y Ciencia, julio de 2005

Ve, a la flor y al erizo de los castaños, a la rama chascada y a la yema prometedora del melocotón, al caminar blando de los corderos y al romaneo de las ovejas viejas, al bamboleo del escarabajo entre las boñigas y al rastro húmedo de los limacos, al bregar de los vecinos con sus jumentos y carretones y al pasar de las nubes. En la combinación de notas –a las que Faustino nunca supo dar nombre- logró visualizar aquellos elementos que forjaban su vida de rapaz: veía una ardilla y su cabeza la representaba con cinco golpes de aire y teclado; hacía hablar –con música, claro- a los dientes de león que vestían los campos en una lluvia de soles.

El cura, cuando arribaba a Renedo de la Cotera la víspera del veintitrés de julio, se alojaba en casa de Modesto. Arrellanado después de la cena en el butacón del viejo, prendía un veguero que el abuelo de Faustino conservaba para festejar su visita. Envuelto por las volutas azules y con el estómago relajado gracias a un licor de hierbas montaraces, rogaba a su protegido que le mostrara sus progresos con el instrumento desde la última vez que se vieron. El chaval, de natural retraído, no estaba acostumbrado a tocar frente al público. Prefería la soledad de los prados donde, a lo sumo, pasaba algún vecino que se detenía y le escuchaba durante unos instantes con sonrisa complacida, mientras decía para sí, <<qué cosas tiene el crío de la Paloma>>. Faustino, antes de que el paisano desapareciera tras un recodo, le dibujaba en re menor.

-Vamos, anda. Toca –insistía el clérigo.

Faustino se acomodaba el pesado instrumento sobre el pecho, contemplaba durante unos instantes las teclas bicolores y arrancaba allí por donde le soplaba la inspiración. Era tal el gozo del cura ante la sorprendente habilidad del muchacho, que cerraba los ojos apretados entre bolsas violáceas al tiempo que estiraba las piernas y cruzaba sobre el vientre sus manazas con el cigarro sujeto entre el índice y el pulgar, sin preocuparse de que la ceniza se desmigara sobre su sotana gastada de brillos.

La música ocupaba toda la estancia, alegre y melancólica a la vez. A Modesto, hombre algo taciturno, aquellas canciones le hablaban de la infancia de sus críos, de la alegría que reinaba en el humilde hogar cuando vivía Teresa, su llorada esposa, y el esternón se le poblaba de una quemazón dolorosa. Fabián, indiferente a los soplos de la belleza, no apreciaba el valor de aquel ruido inteligente al que se había acostumbrado como al rebuzno del pollino de la viuda de Ezequiel. A la Paloma, por el contrario, las composiciones de su hijo le hacían contemplar prados repletos de gente vestida de coloridas prendas, carromatos adornados con guirnaldas, aromas de carne asada y bailes y más bailes: todas aquellas danzas que Renedo de la Cotera no había tenido ocasión de festejar. Y al cura -¡ay, al cura, tan enamorado de sus parroquias de montaña!-, la imaginación se le fugaba a la catedral de Santander, donde algún día presentaría a su protegido para que el señor Obispo admirase el poder espiritual de la música entre quienes han nacido abandonados por la mano de Dios. <<El acordeón, la flauta, la guitarra, la trompeta…, se convertirán en herramientas de evangelización en las aldeas a las que apenas llegamos>>, se veía platicando con su Eminencia.

Pero Faustino nunca viajó a Santander ni conoció al señor Obispo. Y todo porque el cura no aguantó la dureza del invierno: una pulmonía le recluyó en su casa de Castillejos durante el mes de enero. Su celo pastoral le animó a salir de la cama antes de tiempo, a pesar de la prescripción del médico, que ya le había advertido que la muerte se agazapaba en la humedad de los anchos muros de la parroquia. Aquel frío mojado y pétreo le encogió los dedos de los pies, la garganta, los pulmones y el corazón. Nada aliviaba ya sus calenturas. En la madrugada del dos de marzo, después de recibir el viático, entregó su alma a Dios. Faustino le vio subir a los cielos entre sones de orquesta de pueblo, con sus percusiones y sus vientos que, a fin de cuentas, era la música que siempre encandiló al sacerdote.

A partir de entonces, nadie reclamó a Faustino para que tocase el bandoneón. Ya hemos dicho que en Renedo de la Cotera, aldea de ochenta vecinos, unos bien llevados y otros mal traídos, cada cual vivía presto a sus menesteres, que bastantes faenas trae el ganado como para meter la nariz en asuntos ajenos. Salvo la Cándida y sus comadres, ya lo hemos dicho, pero para entonces criaban malvas en el pequeño camposanto. Ni siquiera Lola, con la que Faustino peló la pava, le pedía explicaciones sobre su afición desmedida por aquel instrumento. Después de la boda en Pontones, con tal de que su marido no pulsara las teclas ni descomprimiera el fuelle dentro de la casa –pues el ruido le provocaba jaqueca-, jamás le pidió razón de sus fantasías musicales.

Para entonces, Modesto, el abuelo, había pasado a mejor vida y Fabián y la Paloma hacía todo lo posible por no entrometerse en los quehaceres de la joven pareja, con la que compartían casa, cuadra y el menguante beneficio de las tres tudancas aún enmaromadas al pesebre.

Lola tuvo un vientre prolijo; andaba de un lugar a otro acompañada por una nube de niños y con un pañuelo en la mano para limpiarles los mocos. Fue entonces cuando los políticos de Santander trajeron la luz a Renedo, el acontecimiento más renombrado después de la Guerra. Los callejones de la aldea se iluminaron por las noches con un brillo anaranjado, al igual que las cuadras, de las que pendía una bombilla desnuda sembrada de motas negras. En la cantina instalaron una cámara en la que las mujeres compraban hielo, hasta que llegaron los primeros frigoríficos. Y junto a las neveras, los televisores se apoderaron de la atención de los vecinos, que ya apenas salían de casa después de sus faenas. Por cierto, que las labores del campo se resolvían en menos tiempo: el tractor convirtió los establos de las mulas en burdos almacenes donde olvidar los aperos de labranza. El suelo de las corraleras se tiñó con manchas de aceite y los yugos con los que antes uncían a las bestias fueron horadados por la carcoma.

Por más que Faustino se empeñó en buscarla, no había música en su acordeón que describiera los inventos que cambiaron las costumbres de la aldea. El rugido de los motores y el parlamento de aquellas cajas que refulgían una luz cegadora y embobaban la conversación y el espíritu de Fabián y La Paloma, no le inspiraban. Eran las cumbres magníficas, el vuelo de las grajetas y el surgir de los hongos entre las hojas muertas de los robles las únicas razones que le animaban a distender el fuelle y pulsar, con los ojos cerrados, aquellas teclas de infinitas combinaciones.

En Renedo de la Cotera apenas sucedía nada desde el final de la Guerra. Los pocos extraños que se aventuraban desde el camino que nace en Sauces –el vendedor de bacaladas y género textil, el médico y el nuevo cura- sabían que lo único que diferenciaba aquel villorrio de otros que salpicaban las faldas seculares de la cordillera, era aquel padre de familia numerosa que se sentaba en los muretes para descifrar, con el sonido de su acordeón, los misterios del paisaje. Decían que los ruiseñores se posaban en las ramas de los cerezos para acompañar la música con su dulce trino. Decían que las nidadas se multiplicaban en aquel valle como en ningún otro. Decían que en los charcos bermejos brillaban las colas aplastadas de los tritones, que se revolvían en el barro al son de las tonadas de Faustino, a quien desde hacía semanas le acompañaba su hijo mayor, Fabiancito, imantado a la magia del instrumento.