Soy ciudadano del mundo, español y vasco, tan vasco que me pongo a contar mis apellidos forjados en esa tierra, y no acabo. Además, me gusta su aire húmedo, la nobleza de mucha de su gente, la belleza del paisaje -incluso las ruinas industriales sobre las que prosperó Bilbao, carbón y metal-, los heraldos de su cultura (escritores, pintores, músicos, escultores, arquitectos…) y su mar bravo, gloria de aventureros y pescadores, sima de ahogados. Sin tener el RH negativo –¡menuda chorrada!-, mi sangre se identifica con esa región en la que descansan los cuerpos de mis padres y casi todos mis ancestros. Y no soy nacionalista, porque la exclusión ataca de frente a la tierra que amo, esa tierra verde y azul que no se identifica con los cómplices del crimen vestidos de políticos ni con los gudaris de pasamontaña, sino con quienes han pagado su hombría con la muerte cobarde a manos de sus vecinos.
¡Cuánto me duele que quieran trocar la extorsión, la tortura y el asesinato por una paz de mentira! Sin reconocimiento del mal causado es imposible fraguar una convivencia pacífica; sin victimas ni verdugos, es imposible que sane una sociedad –la vasca- corrompida por el miedo de los apaleados y el desprecio de quienes les gobiernan. Porque la serpiente no tiene previsto mudar de piel, ni siquiera transmutarse en cuadrúpedo para reconocer sus crímenes y lanzar sus brazos en súplica de perdón. La bicha seguirá rastreando los talones de la gente honrada, buscando al más débil para asaetar su mordisco ponzoñoso ante la sonrisa complaciente y boba del padre del acuerdo.